APLICANDO EL LIBRO DE EZEQUIEL A NUESTRAS VIDAS (2)

“Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y Yo seré a vosotros por Dios Y os guardaré de todas vuestras inmundicias, y llamaré al trigo, y los multiplicaré, y haré que no haya hambre sobre vosotros” (Ez. 36:27-30).

Somos salvos para buenas obras, para llevar una vida que dé testimonio de cómo es nuestro Dios. Es una vida de obediencia a la Palabra de Dios, cultivando un carácter que se asemeja al de Cristo. Israel después y finalmente será de buen testimonio para la gloria de Dios, como fue su intención con ellos al principio: “Yo me mostraré santo por medio de ellos en la vista de muchas naciones. Entonces conocerán que Yo soy el Señor su Dios” (39:27, 28).

Notamos una cosa más en cuanto a la salvación. El justo que termina viviendo una vida de injusticia está perdido. No hay justicia inicial que le salve. En nuestro caso, lo que cuenta no es una profesión de fe inicial, sino cómo es la persona al final. Si uno empieza la vida cristiana y se aparta definitivamente de Dios, no hay salvación. Lo que a Dios le interesa es la relación que sostenemos con Él hasta el fin de nuestra vida. Profesiones de fe, bautismos, y experiencias que hayamos tenido no son ningún sustituto para una relación con Dios que perdura, manifestándose en obediencia a su Palabra y buenos frutos. Esto es lo que le glorifica: salvar y transformar una vida.

Vemos lo que pasa con los enemigos del pueblo de Dios. Hacen mucho mal. Pueden causar mucho sufrimiento, pero al final Dios les juzga según sus obras. Nosotros no tenemos que vengarnos, Dios lo hace. Sus juicios son perfectos. Por medio de ellos, Él se está revelando al mundo gentil para que ellos vengan a conocerle y sean salvos. Sus juicios siempre empiezan en la Casa de Dios, pero después caen sobre los enemigos de Dios. Dios es justo y su justicia es perfecta. Al final habrá un juicio de todo el mundo y en él Dios revelará la gloria como Juez Justo.

La mundanalidad siempre fue una tentación muy potente para el pueblo de Dios y no lo es menos hoy día. El mundo nos llama a ser como él. En días de Ezequiel tomó forma de practicar la idolatría como las naciones alrededor de Israel cuando Dios había llamado a su pueblo a la santidad, que es la separación del mundo. La idolatría significaba la prostitución cultual, música estridente, borracheras y desenfreno sexual, y el sacrificio de los niños a los baales. Todo esto era aberrante a los ojos de Dios. Hoy día la mundanalidad toma formas parecidas con fiestas desenfrenadas, drogas, alcohol, sexo, abortos, convivencias, adulterios, desobediencia a los padres, falta de respeto para la autoridad, egoísmo, y búsqueda de placer. Dios ha llamado a su pueblo a la santidad, a dejar el mundo, y vivir para Él.

Nosotros somos estos templos santos, para que habite la plenitud de Dios en nosotros y fluyan los ríos del Espíritu por nuestras vidas. Después, resucitaremos, como los huesos secos de Ezequiel, tendremos nuevos cuerpos, Satanás estará fuera para siempre, y estaremos en la nueva Jerusalén con el pueblo de Dios, disfrutando de nuestra heredad, trabajando para el Señor felices, con el Señor Jesús por Rey, y santidad será la ley de la tierra. Y así estaremos para siempre con el Señor, y Dios estará en medio de su pueblo, y el nombre la ciudad será: “Yahvé-Sama, el Señor está allí”.