EL DOMINIO PROPIO

“Vosotros también, poniendo toda diligencia… añadid a vuestra fe… dominio propio” (2 Pedro 1:5).

Hemos sido disciplinados por nuestros padres para ser obedientes, para luego poder disciplinarnos a nosotros mismos con el fin de tener dominio propio. Un niño que ha sido bien disciplinado es obediente porque no quiere ser castigado. Si su madre le dice: “Daniel, comparte este juguete con tu hermana”, y lo hace, esto es obediencia. Si el niño está jugando muy a gusto con un camión, no piensa: “Yo quiero jugar con él, pero mi hermana lo quiere, así que, se lo voy a dejar”; esto sería dominio propio, ¡pero no ocurre!, porque no es propio de los niños. No han llegado a esta etapa de madurez todavía, pero nosotros sí, tenemos que llegar a la madurez de poder pensar libremente: “Estoy muy cansado y quiero seguir durmiendo, pero me voy a levantar de la cama para orar, porque es necesario”, ¡y lo hacemos! Esto es dominio propio.

La disciplina conduce a la obediencia y la obediencia al dominio propio. El Señor Jesús pasó por este proceso. Fue disciplinado por su Padre: “Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (Heb. 5:8). Fue obediente: “Jehová el Señor me abrió el oído y yo no fue rebelde, ni me volví atrás. Di mi cuerpo a los heridores; no escondí mi rostro de injurias y de esputos” (Is. 50:6). Tuvo dominio propio: “Puse mi rostro como un pedernal” (Is. 50:7), y subió a Jerusalem, sabiendo que cada paso le acercaba más al lugar de la tortura y la muerte. Partió de Él. Subió libremente, sin coacción, porque quiso hacer la voluntad del Padre.

Nosotros pasamos por el mismo proceso. Hemos sido disciplinado por nuestros padres (Ef. 6:1-4), y luego por nuestros pastores: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque velan por vuestras almas” (Heb. 13:17). El Señor mismo nos ha disciplinado: “Tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que no es provechoso, para que participemos de su santidad” Heb. 12:9, 10). Al final aprendemos a disciplinarnos a nosotros mismos: conseguimos tener dominio propio: “Añadid a vuestra fe… dominio propio” (2 Pedro 1:5).

¿En qué cosas hemos de conseguir dominio propio? En controlar nuestros enfados: “Líbrense de toda amargura, furia, enojo, palabras ásperas, calumnias, y toda clase de mala conducta” (Ef. 4:31, NTV). En nuestro trabajo: “Y que procuréis tener tranquilidad, y ocuparos en vuestros negocios, y trabajar con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera” (1 Tes. 4:11, 12). En el comer: “Si, pues coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31). En el hablar: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Ef. 4:29). En el uso del tiempo: “Redimiendo el tiempo” (Ef. 5:16). En gastar el dinero (Is. 55:1, 2). En el dormir y en nuestra vida de oración: “Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35). Este es nuestro amado Señor, nuestro modelo en el tema del autodominio.