EL EVANGELIO SEGÚN EZEQUIEL (2)

“Y vosotros me seréis por pueblo, y Yo seré a vosotros por Dios” (Ez. 36:28).

La finalidad de la obra de salvación es tener a Dios por nuestro Dios y ser parte de su pueblo redimido; es formar parte de una colectiva, no tener a Dios para mí solito, sin relacionarme con el resto de su rebaño. La persona que se convierte es parte de la gran Iglesia de Dios, pero también necesita formar parte de una iglesia local con sus respectivas obligaciones. Esta es una parte de la predicación del evangelio. No podemos conducir a una persona a Cristo sin explicarle las implicaciones.

La salvación aporta bendición; en tiempos de Ezequiel fue material: “y llamaré al trigo, y lo multiplicaré, y haré que no haya hambre sobre vosotros. Y multiplicaré el fruto de los árboles, y el fruto de los campos, para que nunca más recibáis el oprobio del hambre entre las naciones” (36:30). Ahora las bendiciones son espirituales. Éstas van acompañadas de muchas pruebas para verificar que la fe que profesamos es genuina. La persona que acepta a Cristo como su Salvador solo porque quiere tener paz y bienestar y luego ir al Cielo, se sorprenderá mucho cuando se presenten las pruebas. Ellas dirán si realmente ha entendido el evangelio.

El que realmente ha sido salvo es consciente del pecado de su vida anterior, y siente contrición y vergüenza por cómo era: “Entonces recordaréis vuestros malos caminos y vuestras obras que no fueron buenas, y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades y vuestras abominaciones” (36:31). Nunca piensa que apenas ha cometido ningún pecado. Se dará cuenta de que toda la orientación de su vida estaba mal; comprenderá que el pecado es más que cosas malas que hacemos, es lo que somos.

Otro resultado de una conversión real es la restauración de la vida: “Haré que las ciudades vuelvan a ser habitadas y las ruinas sean reedificadas” (36:33), Y dirán: “¡La tierra desolada ha venido a ser como huerto del Edén! Y las naciones que queden en vuestros alrededores sabrán que Yo, Yahvé, reedifiqué lo que estaba derribado y planté lo que estaba desolado” (36:35, 36). La vida del converso será de testimonio del poder restaurador de Dios. Los que le rodean se darán cuenta de que solo Dios ha podido transformar y restaurar esta vida.

Dios concluye este magnífico resumen del evangelio diciendo: “Aun permitiré que la casa de Israel me busque para hacerles esto” (36:37). Todo es de gracia. La persona busca a Dios y piensa que ha sido una iniciativa suya, y la verdad es que ha sido real y sincero, pero después descubre que detrás estaba Dios, como dice el escritor del himno:
“Yo te busqué mas luego descubrí que tu impulsabas mi alma en este afán
Que no era yo quien te encontraba a ti, tu me encontraste a mí”

Por muy hermoso que sea la salvación que Dios nos permite experimentar ahora, solo es un cumplimiento parcial de todo que Dios nos ha prometido y nos tiene guardado. Esta vida es la antesala de la vida perfecta. La venidera es el cumplimiento total de todo lo que Dios nos ha prometido. “En esperanza fuimos salvos”.