¿EL SEÑOR ES NÚMERO UNO?

“A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido” (Salmo 16:8).

El corazón.

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). El Señor no tiene que ser el número uno; ¡Él es el único! Es todo. Él es el número 1, número 2, número 3, y todos los números. Le hemos de amar con todo nuestro corazón. Él no es la estrella más brillante de nuestro firmamento, Él es todo el firmamento con todas las estrellas incluidas. Algunos aman más al Señor que nadie. Tienen el corazón dividido entre amor por Dios, que ocupa la mayor parte, y luego el resto del corazón dividida entre el marido, los hijos, los hermanos, y los demás. ¿Este es el modelo que propone el Señor Jesús? No. El corazón tiene que estar lleno a rebosar únicamente con amor para el Señor. Todos nuestros otros amores salen de un corazón lleno de amor para Dios.

Para que te sea más grafica, si entiendes mejor las cosas así, dibuja un corazón. Divídalo en dos partes, una parte con amor para Dios, y la otra parte dividida en trozos, uno para el marido, otro para los hijos, otro para los hermanos, etc. Esto no es el modelo de Cristo. Luego dibuja otro corazón. Píntalo amarillo, todo ello, lleno de amor para Dios. De este corazón dibuja muchas flechas que salen de él, uno que sale con amor para el marido, otra que sale con amor para los hijos, etc. Esta es la idea. Amamos a todos los demás con un amor santificado. Nuestro corazón no está dividido. Es totalmente para el Señor. Él es el que todo lo llena en todo.

Los ojos.

“A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido”. Cuando Él es el único que tenemos delante de los ojos, no seremos conmovidos. No seremos inestables emocionalmente, no perderemos nuestra compostura; estaremos firmes y equilibrados. Si nuestros ojos están puestos en otra persona, sí que podemos perder nuestra estabilidad emocional.
A menudo los ojos están puestos en los hijos. Lo que ellos hacen o dejen de hacer nos quita la estabilidad. Perdemos la paz. Si esperamos recibir de ellos lo que nos hace falta para nuestra felicidad, ¡estamos apañados! Nos hemos puesto en un lugar donde fácilmente podemos tambalear.

Si al hijo le hemos puesto delante de los ojos, él está ocupando al lugar que le corresponde a Dios y esto significa que él es un ídolo. Lo mismo es cierto con el marido, o el pastor, o la amiga. El Salmo 73 habla de las consecuencias de poner los ojos en otras personas: el salmista se amargó, porque le hicieron tambalear (v. 21). Volvió a tener su compostura cuando Dios le cogió por la mano (v. 23). ¡Qué bueno es el Señor! El Señor llegó a llenar toda su visión: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la Roca de mi corazón y porción es Dios para siempre” (v. 25, 26). Dios ahora le es todo. No desea nada ni nadie más. De esta manera él es estable y esperanzado. Todo está en su sitio.