LOS CELOS DE DIOS

“Yo soy Jehová tu Dios… No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo del la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso…” (Éxodo 20:2-5).

Dios quiere nuestra devoción exclusiva. No quiere rivales para nuestro afecto. No quiere nada que le provoque a celos, ni que nos inclinemos delante de ninguna figura o imagen, ni que la honremos. Quiere ser el motivo único de nuestra adoración, reverencia, y devoción. No quiere que nada compita para nuestra devoción. No comparte la honra que le corresponde con nada, ni nadie. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento” (Mateo 22:37, 38). Dios tiene que ocupar un lugar exclusivo en nuestro corazón, alma y mente. Es justo que tenga estos sentimientos, porque esta devoción exclusiva le corresponde. Exigir menos sería injusto. No hay nada ni nadie en toda la creación comparable con el Señor; nada puede ocupar su lugar.
Si en lugar de tener devoción a ti como su madre, buscar tu ayuda y estar por ti, tu hija te substituye por otra mujer, ¿no te provocaría a celos? O si tu marido sale a pasear con otra mujer cada tarde, dejándote sola en casa, sentirás celos, ¿no? Si tu perro prefiere otra persona y le saluda con más cariño que a ti, ¿no tendrías celos? En el caso del perro, casi nunca ocurre, porque son leales y normalmente adoran a sus dueños, pero en el caso de los humanos, dejamos a Dios a un lado para satisfacernos de otras cosas, y provocamos a Dios a celos. Si tu devoción es a una de las Vírgenes en lugar de a Cristo, a la patrona de tu pueblo, o a la del Carmen, la del Pilar, o la de Montserrat, si acudes a ellas en lugar de a Dios con tus problemas, a Dios le provocas a celos. Si eres moderna y substituyes a Dios por la diversión y el placer, lo mismo. Dios quiere ocupar el primer lugar en nuestra vida, ser nuestra primera prioridad y nuestro motivo de vivir; quiere ser nuestro Dios con todo lo que esto implica.

Pablo escribió a los corintios: “Os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo. Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis” (2 Cor. 11:2-4). Si nos apartamos de la sincera fidelidad a Cristo para seguir un Cristo de creación humana, o si cambiamos el carácter del Espíritu Santo por otro según nuestras ideas, o si seguimos otro evangelio que no sea el de Pablo, todo esto provoca a celos a Dios. Pablo sentía los mismos celos que Dios siente por estos creyentes que cambiaban al Cristo verdadero por otro diferente, y al Espíritu Santo por otro espíritu estrambótico, y el evangelio de Dios por otro de invención humana. Dios tiene celos de estas falsas imitaciones que le substituyen. Podemos provocarle a celos sin darnos cuenta, siendo engañados por la serpiente, como engañó a Eva, distrayéndole de una pura devoción a Dios, de la fiel y exclusiva obediencia a su Persona. Mucho ojo para no extraviarnos de la sincera fidelidad a Cristo. No podemos beber de la copa del Señor y la copa de los demonios sin provocar a celos al Señor (1 Cor. 10:22).