MI EXPERIENCIA EN LA UNIVERSIDAD DE WITTENBERG (1)

“Estos (maestros falsos) son fuentes sin agua, y nubes empujadas por la tormenta, para los cuales la más densa oscuridad está reservada para siempre. Pues hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error. Les prometen libertad, y son ellos mismos eslavos de corrupción” (2 Pedro 2:17-19).

Con dieciocho años fui a estudiar en la Universidad de Wittenberg, en Springfield, Ohio, EE UU, para ser diaconisa de la iglesia luterana. Me había convertido al Señor y había sido discipulado por creyentes formidables dentro del sector evangélico de esta denominación. Tenía un buen entendimiento de las Escrituras, pues los había estado leyendo diariamente desde los trece años, y amaba al Señor de todo corazón. También había asistido a clases de doctrina cristiana para adolescentes dos horas cada sábado durante tres años dentro de mi iglesia. Con este buen fundamento, entonces, me matriculé en esta prestigiosa universidad. El nivel académico fue excelente, incluso en las clases de religión donde nos enseñaron lo más moderno, ¡que fue el liberalismo! En estas clases no se abría la Biblia nunca. Se usaba exclusivamente el libro de texto. Puesto que era una universidad luterana, estaba vinculada con las universidades luteranas de Alemania donde estaban de moda autores como Karl Barth, Albert Schweitzer, y Rudolf Bultman. Enseñaban todo lo que hemos ido comentando sobre el liberalismo. Muchos de mis compañeros perdieron su fe en Dios. Antes se denominaban cristianos, ahora ateos. ¡Yo no sabía dónde me había metido! Pensaba que iba a una escuela bíblica, ¡para luego encontrarme en un lugar donde desacreditaban la Biblia!

Nos enseñaban que Jesús nunca hizo milagros, que hay dos Jesús, el Jesús histórico y el Cristo de la fe, que con el tiempo mitos se iban formando acerca de la persona de Jesús, que Él era un hombre normal, y que, cuando los evangelios finalmente fueron escritos en el sigo tercero de nuestra era, los autores, que no eran los discípulos, incluyeron los mitos que circulaban en su redacción de la vida de Jesús. Enseñaron que Jesús murió para salvar a todo el mundo y que todo el mundo ya es salvo por Él, de la religión que sea. Enseñaron que Jesús no resucitó literalmente, sino espiritualmente, en nuestros corazones, y que no hay una segunda venida literal, sino espiritual; cada vez que se produce una verdadera expresión de amor, el “espíritu de Jesús está presente”. Enseñaron que todos los milagros de la Biblia eran mitos, que el diluvio nunca ocurrió, que nunca se abrieron las aguas del Mar Rojo, que lo de Jonás y el gran pez es pura fantasía. Enseñaron que Adán y Eva eran mito, pero no importa, porque detrás de los mitos hay valiosa enseñanza. También enseñaron que Jesús no empezó una nueva religión, que el evangelio fue invento de Pablo, que él usó como base la enseñanza de Jesús y lo desarrolló para dar forma al cristianismo. Evidentemente no enseñaron que la Biblia es divinamente inspirada, o que solo hay salvación por la muerte de Jesús, y aun menos enseñaron la necesidad de regeneración por la fe.

Ha pasado más de medio siglo, pero aún me acuerdo de muchas cosas y de la confusión que se apoderó de mi cuando me enseñaron todo esto. El poder guardador del Espíritu Santo es sobrenatural. Él mismo me alertó. Ahora lo explico.