“DICE EL ESPÍRITU SANTO”

“La cual casa (de Dios) somos, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en el esperanza. Por lo cual, como dice el Espíritu santo: Si oyeres hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres” (Heb. 3:6-9).

La salvación desde el punto de vista de Dios es absolutamente segura: “Nos escogió en él (Cristo) antes de la fundación del mundo… en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” (Ef. 1:4, 5). Pero desde nuestro punto de vista, vemos que hemos sido salvos si mantenemos nuestra confianza en la obra de Cristo hasta el final. Si olvidamos que hemos sido purificados de nuestros antiguos pecados y volvemos a ellos, caeremos, dice el apóstol Pedro (2 Pedro 1:9, 10), y lo dice en el contexto de de nuestra entrada en el reino eterno de Cristo. El apóstol insiste: “Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación” (v. 13). ¡Soy de su escuela!

Algunos dicen: “Una vez salvo, siempre salvo”. Por la misma regla de tres decimos: “Al final alejado, siempre alejado”. Cualquier doctrina de la seguridad de salvación que quita el temor de Dios procede del diablo y nos deja vulnerables a la tentación de apartarnos de Dios.

Esta amonestación no es para los que dudan de su salvación, ¡ellos necesitan otros textos para confirmarles en la certeza de su salvación!, sino para los que se creen firmes (1Cor. 10:12). Vamos, pues, a mirar lo que dice el escritor de la epístola a los Hebreos sobre este punto. Él empieza su discurso sobre el peligro de apartarse diciendo que somos familia de Dios si retenemos nuestra confianza hasta el fin (v. 6). Luego dice que el aviso del Salmo 95 viene del Espíritu Santo, y toma la molestia de copiar los versículos 8-11 del salmo. Después dice: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo” (Heb. 3:12). Cada uno tenemos que mirar por la condición de nuestro corazón y también tenemos que exhortarnos los unos a los otros: “Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado, porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio”. Luego vuelve a citar el Salmo 95: “Si oyeres hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación”. ¡Este salmo le impactó!
A continuación hace una serie de preguntas (vs. 16-18): ¿Quiénes provocaron a Dios? Los que pusieron la sangre del cordero en sus portales, los que fueron redimidos de Egipto, los que cruzaron el Mar Rojo en tierra seca. ¿Con quiénes estuvo Dios disgustado? Con los que pecaron en el desierto. ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad” (v. 18, 19). ¿Qué puede mantenernos fuera del cielo? El pecado y la desobediencia, porque en última instancia evidencian un corazón endurecido de incredulidad. La incredulidad es el único pecado que no tiene perdón, porque la salvación es por la fe. Cuida como oro en paño tu corazón. Mantenlo tierno y obediente a la Palabra de Dios, crece en la fe, y tendrás una entrada amplia en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.