DIOS TOCA AL REY

“Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo. ¡Cuán grandes son sus señales, y cuán potentes sus maravillas! Su reino, reino sempiterno, y su señorío de generación en generación” (Daniel 4:2, 3).
El resultado del primer milagro, de la revelación y interpretación del sueño de la imagen, fue que el rey comprendió que el Dios de Daniel es “Dios se dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios” (2:47), pero no se rindió a Él, sino que se rebeló; ideó otro plan para la historia del mundo, y quiso ser adorado como dios. El resultado del segundo milagro, el del horno de fuego ardiendo, fue que declaró que nadie podía hablar mal del Dios de los amigos de Daniel. El resultado del tercer milagro, la interpretación del sueño del gran árbol, fue endurecer su corazón al conocimiento de Dios. No se sometió a él, sino que atribuyó a sí mismo, a sus proezas y su sabiduría la grandeza de Babilonia: “Paseando en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Daniel. 4:29, 30). Cuando uno recibe revelación de Dios y no responde sometiéndose a Él, pone a sí mismo en el lugar de Dios.
Vamos a ver el segundo sueño. Esta vez el rey se acordó del sueño. Nos extraña que no se acordase de Daniel, ni de que los sabios no podían interpretar sueños, pero habían transcurrido muchos años desde el primer sueño. Estamos ya hacía el final de su vida. Pidió a los magos, astrólogos, caldeos y adivinos la interpretación de su sueño. Cuando no se la podían dar, Daniel vino delante del rey, el “cuyo nombre es Beltsasar, como el nombre de mi dios, y en quien mora el espíritu de los dioses santos” (4:8). Aunque hayan pasado años, el rey sigue sin entender nada. Todavía tiene el mismo dios, cree que hay muchos, y piensa que el espíritu de estos dioses mora en Daniel.
Dios le dio un sueño de su propia grandeza. Ocupaba un lugar central, “en medio de la tierra”. Era como un gran árbol cuya copa llegaba hasta el cielo, visible desde todos los confines de la tierra. “Su follaje era hermoso y su fruto abundante, y había en él alimento para todos. Debajo de él se ponían a la sombre las bestias del campo, y en sus ramas hacían morada las aves del cielo, y se mantenía de él toda carne” (v.12). Abastecía todo ser viviente. Todos dependían de él. Era como Dios. Esto es justo lo que quería este hombre. Estaba en competición con Dios por el lugar de preeminencia en la tierra, pero le faltaba la condición imprescindible para ocupar el lugar más alto: la humildad. Le faltaba saber que “el Altísimo domina sobe el reino de los hombres, que lo da a quien le place y pone sobre él al más humilde de los hombres” (4:17, BTX). Dios determina quien reina, Él quita y pone reyes. La prepotencia y la vanagloria, Dios las repudia. Así que Dios tuvo que humillarle.
Cuando Dios tuvo que escoger a quién poner sobre el reino de los hombres definitivamente, escogió “el más humilde de los hombres”. Él es el que gobernará eternamente sobre todos los reinos de este mundo, nuestro amado Señor, el que estuvo “en forma de Dios y se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallándose en la condición de hombre, se humilló a Sí mismo al hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo” (Fil. 2:6-9). Él es Rey de reyes y Señor de señores. A Nabucodonosor todavía le faltaba el doblar la rodilla ante el Rey de los reyes. Esto viene ahora.