EL CAMBIO BRUSCO EN EL SALMO 95

“Venid, aclamemos alegremente a Jehová; cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación” (Salmo 95:1).

Este salmo no deja de impresionarnos. No nos deja tranquilos. Nos sacude para despertarnos. La relación con Dios no solo es para nuestro disfrute. Si no va acompañada de una fe práctica a la hora de la prueba, una fe que confía en Dios a pesar de lo que se ve, ¡acarreará juicio! Este es el mensaje del salmo. Está dividido en dos partes y el contraste entre las dos es muy grande. Va perfecto para nuestra generación que concibe del culto como un teatro participativo donde vamos para ser ministrados con la función. La música es hermosa, nos conmueve. El mensaje está bien presentado, nos edifica. Los hermanos son agradables, los queremos. Hemos tenido una experiencia religiosa placentera y salimos animados para enfrentar otra semana.

Justo cuando estamos consolados pensando en cómo el Señor nos cuida: “Porque él es nuestro Dios y nosotros somos el pueblo de su prado y ovejas de su mano” (v. 7), ¡recibimos un palo!: “Si oyeres hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón como en Meriba… donde me tentaron vuestros padres… Cuarenta años estuve disgustado con la nación, y dije… No han conocido mis caminos. Por tanto juré en mi furor que no entrarían en mi reposo” (v. 7, 8). ¿Qué pasó en Meriba? Para ello tenemos que ir a Números 20:1-13; Dios es la Roca de nuestra salvación (v. 1), pero si no ponemos fe en Él, no hay salvación. Cuando llegaron los hijos de Israel al desierto de Zin, no había agua para la congregación, y se quejaron contra Moisés: “¡Ojalá que hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es de sementera, de higueras, de viñas, ni de granadas; ni aun de agua para beber” (v. 3-5). Son palabras mayores. No reconocen que Dios es el que los trajo allí; se identifican con los rebeldes que pecaron contra el Señor y murieron por su pecado; y acusan a Dios de no haberles llevado al lugar que les había prometido. Mayor incredulidad, imposible. Están en rebeldía plena con el Señor. No solo no creen que va a suplir sus necesidades, le acusan de embustero.

El salmista nos avisa en contra de adorar a Dios en el culto y luego rebelarnos contra él en el desierto cuando nos encontramos sin agua, porque así no vamos a entrar en la Tierra Prometida, símbolo del Cielo, por nuestra incredulidad. La fe es lo que nos salva, la incredulidad es lo que nos condena, pero no incredulidad en cuanto al credo de los apóstoles, sino incredulidad en cuanto a nuestra confianza en Dios, en su promesas, en su provisión, y en su providencia.

La admonición del salmista es de no endurecer nuestro corazón como lo hizo Israel. Un corazón tierno es uno lleno de fe a la hora de la prueba en el desierto. Es uno que cree en la provisión de Dios cuando no hay nada. Es uno que cree que Dios nos ha traído a este lugar inhóspito, y aquí Él proveerá para nuestras necesidades. Nos dará todo lo que nos ha prometido en su debido tiempo. Esto es fe. Y es esta fe que conduce al descanso en Dios, ahora, y eternamente en la verdadera Tierra Prometida. Así que vayamos al culto y cantemos alegremente a la Roca de nuestra salvación, pero también pongamos fe en Él a la hora de la prueba. Esta es la fe que realmente salva y es la que complace a Dios.