EL CERDO NEGRO

“Exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (Heb. 3:13).
Vimos un cerdo negro en una granja. Se había escapado de la cuadra e iba corriendo de acá para allá en medio de un campo encharcado para escaparse de un perro que le perseguía. El perro era como él de grande, y le tenía cierto respeto. Corría tras él, pero guardaba su distancia. Hacía calor. Supongo que el cerdo iba sudando. Paró, y con el hocico se hizo un hueco en la tierra que pronto se llenó de agua, y allí se metió para refrescarse. Se revolcaba en el fango, feliz, mientras el perro miraba. Cuando salió de su agujero, ¡no estaba más negro que antes! Esto es lo me llamaba la atención.
Si uno está negro, y se mancha, no se nota. Pero si uno está blanco, cada mancha se nota muchísimo. La persona lo ve y corre para quitársela.
Las ovejas no se revuelcan en el fango. No les gusta. Van de blanco. Lo suyo es estar en medio de prados verdes, comiendo la hierba fresca. Y cuando descansan, se echan a la hierba, y no se manchan. El salmo dice: “En lugares de delicados pastos me hará descansar” (Salmo 23:2).
Al cerdo no le importa mancharse; lo suyo es el fango. La oveja no busca el fango. Quiere aguas limpias y frescas: “Junto a aguas de reposo me pastoreará”.
Adonde vamos con todo esto es a que el creyente quiere mantenerse limpia. Cuando se ensucia, va corriendo al Señor y pide perdón y vuelve a estar limpio: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1: 9). Al que ya va manchado, no le importa un poco más de pecado. Le da igual. Ya está sucio. Y su consciencia se va endureciendo: “se endurece por el engaño del pecado”. Piensa: “¿Qué más da? Un poco más de pecado, y no cambia gran cosa. Ya estoy negro”. Esto es un estado lamentable. Y se va endureciendo. Para evitar esto: “Exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado”. Si tú ves un hermano que se va apartando de la iglesia, que ha caído en el pecado, no esperes hasta que se endurezca por el engaño del pecado, ves a él, y exhórtale mientras se ven algunas manchas. No esperes hasta que esté todo negro, y esté endurecido.
El profeta ofrece esta hermosa esperanza al que lo necesita: “Lavaos y limpiaos, quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: Si vuestros pecados fueren con la grana, como la nieve serán emblanquecidos; su fueron rojos con el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is. 1: 16, 17). Que nos mantengamos limpios, que quitemos cada mancha enseguida, y que ayudemos al hermano a hacer lo mismo.