EL CREYENTE EN EL MUNDO PAGANO

“El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro… la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia. Y envió el rey Nabucodonosor a que se reuniesen los sátrapas, los magistrados, y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todo los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado” (3:1-2).
El rey acaba de promocionar a Sadrac, Mesac y Abed-nego a una posición de alto honor. Los había puesto sobre los negocios de la provincia de Babilonia. Ocupaban un lugar de prestigio y deberían sentirse agradecidos al rey por el honor concedido. Ahora se presenta otra prueba. Estan convocados a la dedicatoria de esta gran estatua que representa al rey y se les manda adorarla como dios; es decir, el emperador exige ser adorado como dios, un dios rival al Dios de los cielos quien acaba de decirle al emperador que él era solamente la cabeza de oro. ¡Ni hablar! Nabucodonosor hizo una estatua rival, toda de oro. Vemos que la reacción del rey era rechazar rotundamente el plan de Dios para la historia del mundo y reclamar para sí mismo el reino eterno.
Esto puso a nuestros tres amigos en un compromiso muy grande. Se encuentran reunidos con todos los altos cargos del imperio. El emperador está exigiendo ser adorado, y se produce un conflicto de lealtades: ¿Dios o el rey? Su vida depende de lo que deciden. ¿Van a hacer el ridículo? Cuando todo el mundo está postrado en el suelo delante de la estatua hacienda homenaje al rey, ¿van a ser ellos los únicos que se quedan en pie? Su destino eterno depende de lo que deciden.
Los otros oficiales creen que es un acto de mostrar respeto al rey, pero los amigos de Daniel saben que el rey ha tenido un sueño, conocen el contenido del sueño, y ven la insumisión del rey al Dios verdadero. ¿Le van a confirmar en su rebeldía? ¿Van a negar al Dios de sus padres, al que han servido toda la vida? Daniel no está presente para decirles lo que tienen que hacer. No sabemos dónde estaba, pero no sale en este episodio. Sadrac, Mesac y Abed-nego tienen que tomar una determinación solos.
Esta es la misma encrucijada en que se encuentran miles de creyentes hoy día frente a los embistes del Islam radical. O bien renuncian su fe en el Dios vivo, o bien se mantienen firmes en sus convicciones y son asesinados. Es una decisión terrible tener que tomar. El Señor Jesús nos avisó que esto vendría, nos ha explicado el propósito, y nos ha advertido de las consecuencias si le negamos bajo amenaza de muerte: “Y aun antes gobernantes y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles. No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no puede matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y al cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:18, 28, 32, 33).
Lo que nos ayuda a mantenernos firmes no es el amor de Dios, sino el temor a Dios. Si pensamos: “Dios me ama”, viene la tentación: ¿porque permite esto?, o: “Si me ama, todo lo perdonará”. Pero el Señor ha dicho que si le negamos a Él, Él nos negará a nosotros. Dirá delante del Padre que no nos conoce. Si, en la hora de la prueba, pensamos en las consecuencias de negarle, esto nos ayudará a serle fieles.