EL LIBRO DE DANIEL

“En el año tercero del reinado de Joacím rey de Judá, vino Nabucodonosor rey de Babilonia a Jerusalén, y la sitió. Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios; y los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la casa del tesoro de su dios” (Daniel 1:1,2).
Los del mundo interpretan la historia de una manera, y los de Dios, de otra manera muy distinta. Los babilonios iban conquistando a los países alrededor. Cada vez que Babilonia derrotó un país, puso su dios en el templo de Marduc, el dios de Babilonia, significando que Marduc era más potente que el dios conquistado. Creían que la fuerza de cada país estaba en su dios, y que las guerras entre países realmente eran guerras entre el dios de un país y el dios de otro. El más fuerte era el que ganaba.
Algo de razón tenían por lo que la Biblia nos dice de la guerra espiritual: “No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en los regiones celestes” (Ef. 6: 12). Detrás de las guerras entre naciones hay poderes espirituales. Hoy día el creyente ve claramente que detrás de Isis está el poder satánico, porque la barbarie que le caracteriza es satánica. Pero a diferencia de la idea babilónica, solo hay dos potencias: Dios y Satanás, y una de ellas ya está derrotada. En efecto solo queda una. Satanás solo puede hacer lo que Dios le permite.
La Biblia lo dice vez tras vez. Aquí lo tenemos claramente en estos versículos: “Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios”. Marduc no era más fuerte que Dios: Dios había determinado usar Babilonia para castigar a su pueblo; los entregó a la derrota para llevar a cabo sus propósitos. Los cautivos iban a ser sus misioneros para llevar la Palabra de Dios a Babilonia. Claro, los babilonios le dieron otra lectura y pusieron los utensilios de la casa de Dios en su templo, ¡creyendo que habían triunfado sobre Dios!
Lo de los utensilios es interesante. Cuando entraron los soldados en el templo de Dios en Jerusalén esperaban encontrar al ídolo que los judíos adoraban. Miraban en todas las dependencias, pero no encontraban ninguno, así que se llevaron los utensilios, porque era lo más sagrado que podían encontrar. Esto en sí tenía que haber sido una lección para ellos, que el Dios de Israel es Espíritu. No se le puede representar mediante la forma de ninguna figura que se puede adorar o venerar. Es más grande que el universo que ha creado, no cabe en ningún templo, pero había hecho allí su residencia en Jerusalén, hasta hacía poco, cuando había abandonado su Templo por el pecado de su pueblo (Ez. 10, 11). ¡Los babilonios no invadieron el Templo con Dios dentro!, como pensaban.
De momento queda así. Dios parece haber sido derrotado. Los utensilios sagrados están en el templo de Marduc. Pero en su momento Dios se revelaría a esta nación, y ellos comprenderían que solo hay un Dios sobre todos los países del mundo, que es eterno, que reina para siempre, y que “no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dan. 4:35). Es soberano, fuera del control humano, y no tiene que dar cuentas a nadie. Y Él va a usar los deportados como sus emisarios para llevar el mensaje de salvación al imperio babilónico. Todo está bajo control. “Jehová reina”