EL SACRIFICIO DE LA SANTIDAD

“En el año tercero del reinado de Joacím rey de Judá, vino Nabucodonosor rey de Babilonia a Jerusalén, y la sitió” (Daniel 1:1).
Estamos en el año 605 a.C. Los babilonios no solamente cometieron sacrilegio en el Templo de Dios y llevaron cautivo al Rey, también se llevaron a los jóvenes prometedores de la familia real y de la nobleza. Fueron deportados, o secuestrados como rehenes, como lo diríamos ahora, al igual que ha hecho Isis con tantos creyentes No les interesan los niños pequeños o los ancianos, sino los jóvenes fuertes, inteligentes, guapos que pueden servir a sus propósitos.
Daniel se encontró en este primer grupo de exiliados. Para situarnos: Jeremías fue llamado a ser profeta en el año 627 a. C. Ezequiel nació en el año 622, fue deportado en el año 597, y empezó su ministerio en Babilonia en el año 593. Daniel fue deportado en el año 605. Fueron tres hombres de una gigantesca estatura espiritual que Dios tenía preparados para esta hora crucial en la historia de Israel. Jeremías ministraba en Jerusalén, Ezequiel en Babilonia, y Daniel en la corte del rey.
Dentro de lo que cabía, Daniel se encontró en una situación privilegiada. Puede ser que en Babilonia su nivel de vida fuera aun más alto que en Jerusalén, pero por su propio testimonio sabemos que las glorias de este mundo no le impresionaban. Su corazón estaba entregado a Dios. Si hubiese estado libre para elegir, igual habría preferido pasar hambre en el sitio de Jerusalén que tener banquetes en Babilonia. Los hombres de su calibre no se compran con las riquezas de este mundo. La ventana de su habitación estaba abierta y miraba hacía Jerusalén.
Cuando fue “trasladado” a Babilonia, la primera cosa que determinó es que no se iba a contaminar. Iba a vivir como judío bajo las leyes de Dios como extranjero y peregrino en este mundo, lo mismo que nosotros. El esplendor de Babilonia no le deslumbraba. Había contemplado una Gloria mayor, y la opulencia del palacio de rey más potente del mundo no le ofrecía ninguna tentación. Cuando les señaló el rey la ración para cada día, de la provisión de la comida del rey, y del vino que él bebía, “Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey” (v. 5, 8). Para muchos la comida es una tentación, pero para Daniel, no lo era. ¿Quién va a escoger verduras en lugar del la comida más rica del mundo? Hombres como Daniel. Puede ser que la carne fuera sacrificada a los ídolos o que fuera carne de cerdo, no lo sabemos, pero Daniel no quiso contaminarse. No fue maleducado o impertinente con el siervo del rey, sino consciente del peligro que este corría si Daniel enfermaba. Así que hizo un trato razonable con él, diez días de prueba a ver como se encontraba después, y Dios bendijo su salud (v. 15).
Ser noble y leal a Dios requiere sacrificio, disciplina, valentía y temor a Dios. ¿Cuántos hoy día sacrificarían la mejor comida del mundo para comer verduras para agradar a Dios? Son ellos los que Dios usa en sus propósitos, los que sacrifican sus deseos carnales para serle fieles. Daniel estaba fuera de la vista de sus padres y abuelos, pero no de la de Dios, y Dios era el único que le importaba. Tan joven, y tan consagrado. Resistió la primera prueba que enfrentó, cosa que le prepararía para pruebas más fuertes que vendrían. Durante toda su larga vida conservaría la fe que tuvo de joven. Fue apartado para Dios desde la niñez.