EL SUEÑO SE CUMPLE

“Te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes, y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere” (Daniel 4:25).
Daniel ha sido valiente al interpretar el sueño. ¡Le podría haber costado la vida decir al emperador que iba a perder su reino y vivir como una bestia del campo hasta no aprender que Dios manda y no él! Pero esta es la lección que el rey tiene pendiente. Empieza el relato de su experiencia con Dios diciendo: “estaba tranquilo en mi casa, y floreciente en mi palacio” (v. 4). Ya había conseguido todo lo que deseaba. Es como la persona próspera que está tranquilo en su trabajo, su situación económica, y lo atribuye todo a su propio esfuerzo y capacidad. No tiene necesidad de nada. Ha conseguido la felicidad. Dios tiene que interrumpir esta felicidad para despertarle a su realidad delante de Él.
Daniel le dio inteligente consejo: “Por tanto, oh rey, acepta mi consejo; tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo misericordias para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad” (v. 27). Aquí está el rey pensando que es una maravillosa persona, ¡digno de ser adorado!, todo un éxito, cuando Daniel le dice que el es ¡un injusto y opresivo pecador! No ha reinado con justicia, ni ha tenido misericordia de los pobres bajo su administración, sino que los ha oprimido y aplastado. El arrepentimiento es creer en Dios y cambiar. Tiene que reconocer que Dios rige el mundo y que él es rey porque a Dios le ha placido, pero que Dios le puede quitar el reino cuando quiere. Y con este temor a Dios tiene que cambiar su forma de gobernar y empezar a reinar con justicia.
En su gracia y misericordia Dios le concede un año para cambiar, pero no lo hace. Lo mismo con la persona que dice: “¡Qué suerte he tenido! Tengo una bonita casa, soy un éxito en mi trabajo, y tengo una maravillosa familia”. No da la gloria a Dios para nada de lo que tiene. Entonces Dios tiene que humillarle para que entre en razón.
“Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para la gloria de mi majestad?” (vs. 29-30). ¡Ya está! Ha provocado a Dios. No ha hecho caso al sueño. Dios le hablará por otra manera más fuerte. El relato sigue: “Aun estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quito de ti; y de entre los hombre te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación… hasta que reconozcas que el Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien él quiere” (v. 31, 32). Es lo mismo que Daniel le había dicho (vs. 25 y 17); ahora lo dice Dios, pero más fuerte.
“Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Cor. 15:10). Esto dijo el apóstol Pablo, uno de los hombres más grandes que jamás ha vivido. Fue un orgulloso fariseo deshaciendo la obra de Dios cuando Dios le alcanzó y le humilló. Moisés, otro de los grandes de la historia, fue el hombre más manso de la tierra. Bajó del palacio al exilio, de liderar la nación más potente del mundo, a liderar una multitud de ex-esclavos por el desierto. Y es la lección que tenemos que aprender tú y yo. Estoy donde estoy, hago lo que hago, y soy lo soy solamente “por la gracia de Dios”.