LA INQUIETUD DEL REY

“En el año segundo de su reinado, Nabucodonosor tuvo un sueño, y su espíritu se perturbó de manera tal, que no pudo seguir durmiendo” (Daniel 2:1).
Muy pronto en su reinado, el emperador tuvo un sueño tan inquietante que no le dejaba dormir. Estaba profundamente perturbado. Este hombre era monarca absoluto sobre muchos países y muchas naciones, su palabra era ley, pero no tenía paz. Por su sueño había comprendido que algo escapaba de su control. Había conquistado el mundo, las fronteras de su reinado se extendían desde la India hasta Europa, pero no tenía el control absoluto de todo. Intuía que había una fuerza por encima de él que determinaba el destino de todos los reinos humanos, y esto le causaba inseguridad. Le daba un sentido de impotencia, de inestabilidad. A pesar de su poder, se sentía frágil, temporal y vulnerable. Estaba sujeto a un poder que no podía controlar, que se llamara destino, suerte, azar, o, tal vez, una mente inteligente infinitamente superior al suyo. El rey se estaba despertando a una realidad suprema que no le dejaba dormir.
Esto es lo que debe pasar a todo ser humano. El hombre sin Dios piensa que puede controlar su destino. Lo intenta: se esfuerza, se protege, se enriquece, adquiere cierto poder y dominio, pero cuando se despierta de verdad, comprende que hay fuerzas que controlan su destino que él no puede dominar. Vive su propia vulnerabilidad. Se siente desprotegido contra “algo” más potente que él. Dios es su enemigo. Está en su contra, porque por naturaleza somos enemigos de Dios: “Porque la manera de pensar de la carne es enemistad contra Dios, pues no se sujeta a la Ley de Dios, porque tampoco puede” (Rom. 8:7). Está en rebeldía contra Dios (Col. 1:21). Si despiertas a la realidad que hay un Poder superior a ti, y que este poder es tu enemigo, y sabes que no lo puedes conquistar o dominar, ¡no tendrás paz! Es cuando el hombre debe buscar la paz con Dios y reconciliarse con Él y someterse a su dominio: “Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom. 5:10). Si no se reconcilia con Dios, será destruido por Él. El rey se encontró justo en esta disyuntiva.
Lo interesante es lo que sus magos dicen al respeto: “El asunto que el rey demanda es cosa ardua, y no hay quien lo pueda declarar al rey, salvo los dioses, cuya morada no está con la carne” (Daniel 2:11). Sabían que existían “dioses” o fuerzas superiores al hombre, fuera de este mundo, que sabían todo. ¿Por qué, entonces, no los buscaban? ¿Por qué no se ponían en contacto con ellos? Es más, si eran superiores a los que ya tenían, ¿por qué no los tenían por sus dioses? Reconocieron las limitaciones de los propios. Así que los magos mantenían que estos “dioses” podrían mostrar el sueño al rey, pero no sabían cómo comunicarse con ellos. Ahora, esto es un estado frustrante. Tú necesitas información que puede salvarte la vida, sabes que hay dioses que la tienen, pero no puedes ponerte en contacto con ellos. Los magos ni lo intentaban.
Daniel y sus tres amigos sí tenían la posibilidad de contactar con Dios (porque solo hay uno) para obtener la necesaria información: “Y fue Daniel a su casa, y comunicó todo el asunto a sus compañeros instándoles a implorar la gran misericordia del Dios de los cielos respecto al misterio” (v. 17, 18). Y Dios respondió: “Entonces, en una visión nocturna, el misterio le fue revelado a Daniel, por lo cual Daniel bendijo al Dios de los cielos” (v. 19). La oración nos pone en contacto con el Dios vivo y Él responde. Esta es una maravilla. Los magos no la tenían, y les iba a costar la vida.