LA PERSECUCIÓN DE LA IGLESIA

“… aguardando y apresurando el advenimiento del día de Dios” (2 Pedro 3:12, BTX).

Puertas Abiertas nos informa que la persecución de cristianos a través de mundo ha aumentado muchísimo este año, ha multiplicado, y sigue incrementando. Nuestros hermanos alrededor del mundo están sufriendo atrocidades, millones de ellos. Las Escrituras nos dicen: “Acordaos de los presos, como presos juntamente con ellos, y de los maltratados, como estando también vosotros mismos en el cuerpo” (Heb. 13:3). Hemos de usar nuestra imaginación y orar por ellos como si estuviésemos pasando lo mismo. Nos ponemos en el lugar de una mujer que ha tenido que huir de la persecución, llevando a sus hijos con ella, con la ropa que llevaba puesta. Hace días que no ha podido bañarse, la ropa está sucia y huele mal, pero ella no está pensando en sí misma, sino en sus hijos. Tienen sed y hambre. Están agotados. No pueden dormir bien. Su marido ha desaparecido. Hace días que no sabe nada de él. Fue secuestrado. Todavía les quedan días de caminata. Hay peligros de abusos y malos tratos de todos los tipos. No sabe cómo van a ser acogidos en el país a donde huyen, ni qué habrá pasado con su casa que dejó atrás con todo cuanto tenía en este mundo. No hay certeza ni seguridad de nada.

El odio y la inhumanidad del enemigo son espantosos. Es una de las peores cosas que tiene que soportar, la maldad y la violencia. Son satánicas. Estar en presencia de una persona perniciosa, perversa, sádica, sin escrúpulos, ni resquicio de humanidad, que disfruta del mal, es estar en presencia del enemigo verdadero, el diablo, es estar bajo opresión satánica.

Si fuésemos esta mujer, ¿qué pediríamos? Un vaso de agua para mis hijos, un trozo de jabón, una barra de pan, que no me violen, que no me quiten los hijos, por mi marido, si está vivo, que no pierda la fe, que tenga confianza en Dios no importa lo que le pase, y que tenga creyentes a su lado, que pueden consolarse y animarse mutuamente. Pido que yo pueda encontrar a alguien que tenga una Biblia y que podamos leerla juntos, que pueda ser de consuelo y ánimo para mis hermanos en la fe, y que los hermanos de fuera oren por nosotros. Pido que podamos sentir la presencia de Dios más cerca que cualquier presencia maligna, y que su paz guarde nuestros corazones y mentes, que pueda estar agradecida. Pienso en los sufrimientos de Jesús, y en sus advertencias que esto nos iba a pasar cuando dijo: “No temáis a los que matan el cuerpo pero al alma no pueden matar, temed más bien al que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mat. 10:28). Pido fe para perseverar. Perdono a los que hacen estas atrocidades. Pido amor por mis enemigos. Y más que ninguna cosa, pido de todo corazón que Cristo vengo pronto a recogernos. Miro los cielos y clamo llorando: “Ven, Señor Jesús”.

“Apresurando su venida”. Es el clamor de su iglesia perseguida el que trae de vuelta al Señor a la tierra. Viene en rescate de su Amada. Por medio de la persecución se van añadiendo a la iglesia a los que han de ser salvos, por el testimonio de los que no aman sus vidas hasta la muerte. Muerte y conversión, clamor y venida. Todo va junto. Y nosotros, unimos nuestras oraciones con las de ellos, y clamamos, “Ven, Señor Jesús, ven pronto”. No hay otra solución para este mundo.