LIBRADOS EN EL FUEGO

“Entonces el Nabucodonosor se llenó de ira, y mando a hombres muy vigorosos que tenía en su ejército, que atasen a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para echarlos en el horno de fuego ardiendo. Entonces estos varones fueron atados, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo. Y estos tres varones, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo” (Daniel 3:19, 20, 21).
El texto insiste en que fueron atados Sadrac, Mesac y Abed-nego. Lo repite tres veces. Aquí tenemos una lección dentro de una lección. El tema secundario son las ataduras de la vida. ¿A qué estoy atado? ¿Al alcohol, a mi madre, al dinero, a la iglesia, a mi ministerio, al móvil, a un vicio? Sea lo que sea, Dios quiere librarnos de nuestras ataduras. Estos hombres eran impotentes para librarse a sí mismos. No fueron librados antes de entrar en el horno de fuego ardiendo, sino en medio del horno. A veces encontramos nuestra liberación en medio de una experiencia horrible. Dios podría librarnos antes, pero escoge librarnos en medio de un gran sufrimiento. Encontramos al Señor en medio del horno. La realidad de su presencia es lo que nos libera. Puede librar por muerte o por vida, pero en medio de la aflicción es donde conseguimos la libertad. Lo que más temíamos ya no tiene poder sobre nosotros. Hemos pasado lo peor y no ha podido destruir nuestra alma. ¡De hecho, ha sido nuestra salvación!
Lázaro no fue librado de su enfermedad antes de entrar en la tumba. Fue en la tumba misma donde consiguió la liberación y la sanidad. Entró atado. El Señor le llamó por nombre y Su voz le alcanzó en la tumba. Salió atado. Jesús mandó a sus amigos que le desatasen: “Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto, salió, atadas las manos y los pies con vendas… Jesús les dijo: desatadle, y dejadle ir” (Juan 11:43, 44). Encontró la liberación de la muerte en medio de ella y así fue librado de las ataduras de la muerte y sus amigos terminaron de desatarle. El Señor mismo nos puede desatar o puede pedir a otros que nos lo hagan.
Los discípulos no fueron librados de vientos contrarios. Fue el Señor mismo el que los envió al mar turbulento: “Constriñó a sus discípulos subir a la barca, e ir delante a la otra orilla” (Marcos 6:45, BTX). ¡Les mandó a aquella situación de frustración!, de remar con gran fatiga y no adelantar nada. Encontraron al Señor en medio de su frustración y fueron librados de toda complicación: “Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento” (Marcos 6:51). El Señor podría haber calmado el viento antes de mandarles hacer aquel viaje, pero hizo el milagro en medio, no antes.
Nosotros preferimos no tener que pasar por pruebas, por enfermedades, frustraciones, aflicciones, u hornos de fuego, pero cuando caemos en el hoyo, encontramos a Dios allí. Al fondo del abismo hay una cruz. Encontramos al Señor en el horno. Dios podría haber librado a Sadrac, Mesac y Abed-nego del horno antes de entrar en él, pero ¡lo que habrían perdido! ¡Y lo que habría perdido el imperio babilónico! Dios no libró a Jesús de la muerte de cruz. Pasó por ella, y vino Dios a aquella tumba y tocó el cuerpo muerto de su amado Hijo y lo levantó, soltando las ataduras de la muerte. Dios puede permitir muchas cosas, pero cuando en medio de ellas encontramos al Señor, somos libres.