VINO JESÚS

“Entonces Nabucodonosor se espantó, y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses” (Daniel 3:24, 25).
El Señor no les sacó del horno, vino a caminar con ellos en medio de él. Estaban caminando en medio de las llamas, pero estaban libres. Para algunos, esta es la experiencia de años de su vida, caminar con el Señor en medio de grandes aflicciones y no morir de disgustos, o de sufrimiento, o de pena, sino disfrutar de una comunión milagrosa con el Señor en medio de las llamas. En ellos se cumple la promesa de Dios: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti, porque yo Jehová, Dios tuyo, el santo de Israel, soy tu Salvador” (Is. 43:2, 3). No les salva del fuego, sino en medio de él.
El eterno Hijo de Dios, cuya gloria transciende la luminosidad del fuego, vino para estar con sus fieles y leales seguidores perseguidos. Él pasó lo que ellos estaban pasando, vino para estar en el fuego. Los libró para que pudiesen caminar con Él en medio de las llamas. Este es el mensaje de hoy para centenares de miles de creyentes que están siendo perseguidos por su fe: Cristo está con vosotros en medio de la aflicción. Que la visión espiritual de su gloriosa presencia sea su consuelo en medio de bombas y espadas.
“Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid” (v. 26). Ellos no han dicho nada al rey. Él ya sabía que existe un Dios Altísimo. ¿Por qué, entonces, había exigido a todos que adorasen a sus dioses y a la imagen de oro que él había levantado? Pura obstinación y vanidad de su parte. Insumisión y rebeldía. Dios le podía haber fulminado con un soplo de su aliento, pero seguía extendiendo su misericordia hacia este hombre. Todavía está lejos de ser convertido. Ha visto un gran milagro. Ha visto al mismo Señor en su Gloria, pero no está rendido a Él. Los milagros dan evidencia, pero la persona tiene que rendir su voluntad a Dios si quiere ser salvo.
El fuego no pudo dañar a Sadrac, Mesac, y Abed-nego. No tuvo ningún poder sobre ellos. “El fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado, sus ropas estaban intactas, y ni siguiera olor de fuego tenían” (v. 27). Nuestras aflicciones nos dañan o no nos dañan, dependiendo de cómo respondemos a ellos. Estos hombres respondieron con fe y confianza en Dios. Si respondemos con odio hacia nuestros perseguidores, sí que nos dañan. Y si adoptamos una conducta en base a lo que nos ha pasado, el daño se perpetúa. Ellos seguían mostrando el mismo respeto al rey como siempre. El rey resumió la postura de todo creyente frente a la persecución: “Entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios” (3:28). El resultado es siempre una milagrosa salvación: o bien se abre la puerta del horno y salen para seguir testificando en este mundo, o bien se abre la puerta del Cielo, y salen para entrar en el gozo de su Señor.