DANIEL EN EL FOSO DE LOS LEONES

“Entonces respondieron y dijeron delante del rey: Daniel, que es de los hijos de los cautivos de Judá, no te respeta a ti, oh rey, ni acata el edicto que confirmaste, sino que tres veces al día hace su petición. Cuando el rey oyó el asunto, le pesó en gran manera, y resolvió librar al Daniel; y hasta la puesta del sol trabajó para librarle” (Daniel 6:13, 14).
En seguida el rey se dio cuenta de que todo había sido un montaje para quitar a Daniel de en medio, porque ellos tenían celos del él. El rey valoraba a Daniel. Miraba si había forma de esquivar la ley firmada en su contra, pero no lo hubo, así que tuvo que dar la orden que no quería dar, pero no sin antes añadir: “El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre” (v. 16). Así Daniel fue echado al foso de los leones, y una piedra puesta sobre la puerta, y el rey selló la puerta con su anillo (Mat 27:60, 66).
Nada más salir el alba, el rey, angustiado, fue corriendo al foso y preguntó: “Daniel, siervo del Dios viviente, el Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, ¿te ha podido librar de los leones?” (v. 20). ¡Él creía que el Dios de Daniel a lo mejor podía librarle! Los amigos de Daniel habían dicho que Dios podía librarles del horno de fuego ardiendo, o no, según su sabiduría, pero en cuanto a su capacidad para hacerlo, no había duda. La duda era en cuanto a su voluntad. El rey no tenía una teología tan avanzada. O bien Dios era capaz o no lo era; la sobrevivencia de Daniel lo demostraba. Dios tuvo compasión del rey. No sujetó su fe a una prueba demasiado complicada para él.
Sonó la voz de Daniel desde lo profundo de la cueva, fuerte y vibrante: “Oh rey, viva para siempre. Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, porque ante él fui hallado inocente, y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo” (v. 22). ¡El rey estuvo eufórico! Daniel fue sacado del foso y no hubo ninguna lesión en el, igual que lo que pasó a sus amigos (3:27). En ambos casos, el ángel del Señor estuvo con ellos, en el horno y en el foso. Ni fuego ni fiera tenía poder sobre ellos; ambos son símbolos: el fuego del infierno, y el león rugiente del diablo. Dios nos ha librado de los dos en el sentido espiritual, liberación más fuerte aún. Ni el diablo ni el infierno tienen poder sobre nosotros porque en Cristo hemos sido hallados inocentes. Ellos estaban con Cristo, en las llamas y en el foso; nosotros en Él. Jesús les protegió a los amigos de las llamas y a Daniel de los leones, estando Él en el lugar de ambos.
Jesús estuvo en nuestro lugar en la Cruz. Él sufrió la condenación nuestra bajo la ira de Dios y, en un sentido figurado, pasó el infierno en nuestro lugar. Satanás, el león falso, el usurpador, lo comió, pero Él pasó por la muerte y resucitó, como lo hizo Daniel en forma figurada, salió del foso como Cristo salió de la tumba. Su Dios le levantó de la muerte porque fue hallado sin culpa delante del Él (v. 22). Al final los enemigos de Daniel fueron lanzados a los leones, y al final el diablo será echado al lago de fuego y no habrá escapatoria para él, porque fue hallado culpable delante de Dios: “Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap. 20:10, 14, 15).
Daniel es un tipo de Cristo, sentenciado falsamente, condenado a la muerte, resucitado, y recibido con gran gozo y altos honores.