DANIEL PIDE PERDÓN

“Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado” (Daniel 9:4, 5).
Daniel se da cuenta que el tiempo de la cautividad está llegando a su fin y que dentro de poco Israel va a volver a su tierra, pero que no está en condiciones de hacerlo, porque no han reconocido su pecado. Si vuelve un pueblo diezmado, pero tan pecaminoso como el que salió, no han adelantado nada. ¿Para qué ha servido tanto sufrimiento si no han aprendido nada, si no han cambiado? Sería repoblar Israel con gente igual de mala como los que fueron expulsados. Volverían a contaminar la tierra como la generación anterior, y volverían a incurrir la ira de Dios. Alguien tiene que pedir perdón por todo el país. Alguien tiene que interceder y estar en la brecha. Dios había dicho: “Y busqué entre ellos un hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ez. 22:30). En Daniel Dios encontró su hombre. Solo hace falta uno, pero tiene que ser un hombre como Daniel. Él está representando toda la nación delante de Dios pidiendo perdón por su errante pueblo como uno más de ellos, para que puedan ser limpios de pecado para poder regresar a la tierra que Dios les había prometido
Confesar el pecado no es decir: “Dios, perdóname”, y ya está. Es lo que dijo el profeta Joel: “Ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios” (Joel 2:12, 13). No es rasgar los vestidos. No es un reconocimiento superficial de que hemos hecho algo malo. Más bien es reconocer que somos malos, tremendamente malos, corruptos, contaminados, indignos, errantes, equivocados, mal encaminados, viles, y lejísimos de la santidad que Dios exige.
“Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y tus ordenanzas” (v. 5). Daniel se incluye en todas las frases: “Hemos”. El intercesor se implica, se identifica con el pecado de los que han ofendido a Dios e incurrido su ira. Si solo reconocemos el pecado del otro, no somos intercesores, sino acusadores. ¡Ya tenemos un “acusador de los hermanos” y no hace falta otro! Acusando no conseguimos el arrepentimiento del otro. Solo nos confirmamos en nuestra propia justicia y superioridad. Daniel no era de éstos. Se humilló delante de Dios: “No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y todo el pueblo de la tierra” (v. 6). Arrepentirnos es dar la razón a Dios por el resultado que hemos cosechado y reconocer que es la consecuencia lógica de nuestro pecado. Es justificar a Dios: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá… en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti” (v.7). Daniel apela al carácter de Dios: “De Jehová nuestro Dios es el tener misericordia y el perdonar, aunque contra él nos hemos rebelado” (v. 9). Nuestro pecado no cambia la naturaleza de Dios. Sigue siendo misericordioso y perdonador, pero necesita alguien que pida que lo sea mientras confiese el pecado, y esto es lo que Daniel está haciendo. Ha captado la atención de Dios y Dios le está escuchando. Él es un modelo para nosotros en nuestra confusión de rostro. La manera que consiguió perdón sigue siendo la vía abierta a todo intercesor.