EL RICO Y LÁZARO (Lu. 16:19-31)

“Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lazaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado” (Lu. 19:25).
Esta parábola la contó el Señor Jesús. A nosotros nos sorprende tanto como sorprendió a los de su día. Parece que la base de la salvación es la caridad, que si este hombre hubiese dado de comer a Lázaro, habría sido salvo. ¿Dónde está lo de arrepentirse y aceptar a Jesús como Salvador? ¿Por qué no habla de esto el Señor al final como conclusión de la parábola?
La historia empieza diciendo: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez” (v. 19). Su estilo de vida era corrupta y egoísta; derrochaba el dinero, y no tenía misericordia de los pobres. Sin embargo se creía salvo porque era hijo de Abraham. Le llama “Padre Abraham”. “Abraham le dijo: Hijo”. Pero ser hijo de Abraham no salva, a pesar de lo que creían los judíos. Ellos creían que, por ser los descendientes físicos de Abraham, eran salvos y que los Gentiles, los perros, como los llamaban ellos, eran los condenados. También creían que la riqueza era muestra del favor y la bendición de Dios, y que la pobreza y la enfermedad eran una maldición y un castigo de Dios. Recordamos que los discípulos preguntaron a Jesús quien había pecado, este hombre o sus padres, para que hubiera nacido ciego (Juan 9:2). Así que los oyentes de la parábola pensaban que el rico iba al seno de Abraham y que el mendigo cubierto de llagas iba al lugar de tormenta. ¡Qué sorpresa cuando Jesús dijo que era al revés!
No puedes conocer a Dios y no mostrar misericordia. Lo que le condenó al rico no eran sus riquezas, sino su falta de misericordia. Pudo ayudar y no lo hizo. Se perdió por su falta de fe en Dios. Se salva por la fe y se pierde por la incredulidad. Siempre ha sido así. Si una persona moderna acepta a Jesús como su Salvador, pero gasta todo su dinero en sí mismo y no tiene misericordia de los que sufren, tampoco se salva. Y no se salva, no porque no hace obras de caridad, sino por no conoce a Dios. Dios es misericordioso. El que tiene su Espíritu lo es también.
Conocer a Dios conduce a una vida de buenas obras: “celosa de buenas obras” (Tito 2:14). El rico tuvo la oportunidad de conocer a Dios mediante las Escrituras, lo que Abraham llama “Moisés y los profetas” (v. 29), porque el mensaje del Evangelio está en el Antiguo Testamento. Mira Ez. 36:26: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, os daré un corazón de carne, y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, los pongáis por obra” Aquí en los profetas tenemos el perdón de pecado, un nuevo corazón, y el Espíritu Santo, la salvación completa. Obviamente este rico no lo había experimentado. Tuvo corazón de piedra. Esto es lo que le condenó. No se nos dice nada de la fe de Lázaro, no es el punto de la parábola. Podemos deducir que a pesar de sus desgracias confiaba en Dios. ¡Esto ya es mucho!
La conclusión es que: “Si no oyen a Moisés y los profetas”, el mismo evangelio que predicó Jesús, “tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos”, cosa que Cristo hizo. La fe viene por oír la Palabra de Dios.