LA INTRODUCCIÓN A LA INTERPRETACIÓN

Entonces Daniel respondió y dijo delante del rey: “Tus dones sean para ti, y da tus recompensas a otros. Leeré la escritura al rey, y le daré la interpretación. El Altísimo Dios, oh rey, dio a Nabucodonosor tu padre el reino y la grandeza, la gloria y la majestad” (Daniel 5:17, 18).
Daniel está delante del emperador de Babilonia quien espera con impaciencia la interpretación de la escritura que apareció inexplicablemente en la pared de su sala de fiestas en medio de una gran orgía borrachera. En lugar de ir al grano con el significado de la escritura misteriosa, Daniel empieza con una breve introducción para que el rey se dé cuenta que la interpretación que va a recibir es justificada. Daniel, entonces, procede a dar un repaso de los hechos relevantes de la vida de su predecesor, Nabucodonosor. De su larga vida sola resalta una cosa: que el Altísimo Dios le dio grandeza y gloria y poder absoluto, pero “cuando su corazón se ensoberbeció, y su espíritu se endureció en su orgullo, fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria, y fue echado de entre los hijos de los hombres” con mente de animal para vivir entre las bestias del campo “hasta que reconoció que el Altísimo Dios tiene dominio sobre el reino de los hombres, y que pone sobre él al que le place” (v. 21). Esta es la lección que Belsasar tenía que haber aprendido, pero no quiso aprender.
Daniel continúa hablando con toda franqueza. Nos parecería que no se da cuenta de que está hablando con el rey quien podía quitarle la vida en un instante, pero Daniel no teme al rey, “ni estima preciosa su vida para sí mismo, con tal que acabe su carrera y el ministerio que recibió del Dios, para dar testimonio de Él en el mundo” (Hechos 20:24). Daniel es mucho más consciente de la autoridad que Dios tiene sobre él que lo que le puede hacer el rey. Al rey le acusa de cosas gravísimas, y esto delante de sus príncipes, sus mujeres y sus concubinas. Él sabía lo que pasó a su predecesor por su orgullo, no obstante no se ha humillado delante del Dios Altísimo. Al contrario, ha desafiado al Señor del Cielo trayendo las copas sagradas de Su templo para beber de ellas él, sus príncipes, sus esposas y sus concubinas mientras alababan los ídolos. Daniel le dice: “Y tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto; sino que contra el Señor del cielo te has ensoberbecido, e hiciste traer delante de ti los vasos de su casa, y tú y tus grandes, tus mujeres y tus concubinas, bebisteis vino en ellos; además de esto, diste alabanza a dioses de plata y oro, de bronce, de hierro, de madera y de piedra, que no ven, ni oyen, ni saben, y al Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos tus caminos, nunca honraste” (v. 22, 23).
Dios le ha dado la información y la oportunidad, no las ha aprovechado, y ahora es tarde, porque para él ha llegado el día de juicio. Daniel ha pronunciado la acusación contra él, es declarado culpable de lo acusado, y Dios está a punto de ejecutar la sentencia.
Lo mismo tendrá que decir Dios a muchas personas de nuestros tiempos: “Conocías el evangelio, no te humillaste delante del Dios que tiene tu vida en sus manos, ni le has honrado, sino que has alabado los dioses del placer, la fortuna, la diversión, y la autorrealización que no te pueden dar vida. Eres culpable y responsable de tu propia condenación”.