LA ORACIÓN DE DANIEL

“En el año primero de Darío hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos… yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años” (Daniel 9:1, 2).
Consultando el libro de Jeremías, Daniel vio que los setenta años que el profeta había profetizado que duraría la cautividad estaban cerca de cumplirse. Cuentan desde la destrucción del Templo hasta su reinauguración, desde 586 a. C. hasta 516 a. C. Entonces, viendo la urgencia de la hora, Daniel se dirigió al Señor en oración.
Antes de considerar la oración de Daniel vamos a fijarnos en la persona que ora. Daniel es un hombre ya mayor. Ha servido a Dios toda la vida, y esto bajo cuatro reyes distintos en Babilonia. Era una persona totalmente consagrada a Dios desde su juventud. Había determinado no contaminarse con la deliciosa comida del rey, decisión que le podría haber costado la vida (Daniel 1). Valoraba tanto sus tiempos de oración con el Señor que prefería morir antes de dejar de orar (Daniel 6). Era muy consciente de que Dios controlaba los tiempos y los reinos (Daniel 2, 5, 7, 8). Uno pensaría que ya estaba más que preparado para hacer una oración importante pidiendo que Dios se moviese en la política del país, pero Daniel se preparó aun más: “Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza” (9:3). Daniel no entró en la presencia de Dios y presentó su petición a bocajarro; buscó al Señor. Esto significa un acto deliberado de concentración, un deseo de contactar con Dios, y un cuidado de asegurar que realmente había entrado en su presencia y que había conseguido audiencia con Él. Pidió, rogo y suplicó; quería conseguir que su petición le fuese otorgada. Ayunó; preparó su cuerpo para el encuentro con Dios. Se humilló en cilicio y ceniza: se humilló física y espiritualmente. Él está presente delante de Dios con todo su ser, cuerpo, alma y espíritu. De por sí ya era humilde, pero se humilló aun más ante la Majestad de Cielo.
El que ora es conocedor de las Escrituras y ha puesto toda su confianza en lo que revelan. Conociendo esta profecía de Jeremías, algunos habrían pensado: “¡Qué bien! Dios promete terminar la cautividad después de 70 años, el tiempo se está cumpliendo, Dios lo hará. No hace falta orar”. Daniel pensó lo opuesto. Pensó que ya se aproximaba el final de los 70 años; entonces era hora de orar y pedir que Dios cumpliera su promesa, porque sabía que era la voluntad de Dios contestar a esta oración.
Así es con todas las promesas de Dios. Su cumplimiento no es automático. Jesús ha prometido volver (Jn. 14:3); hemos de orar para que vuelva (Ap. 22:20). Dios quiere salvar almas (2 Pedro 3:9); hemos de orar para que envíe obreros a su mies (Mat. 9:37). La oración y la voluntad de Dios van juntas. No podemos orar fuera de la voluntad de Dios y esperar respuestas. Tampoco podemos esperar que sus promesas se cumplan sin oración. Oramos lo que Dios ha pedido que oremos.
La oración es duro trabajo. Hace falta una vida consagrada y disciplinada, conocimiento de las Escrituras, humildad de corazón, preparación, y la voluntad de buscar el rostro de Dios hasta encontrarlo. Entonces oramos.