LA VISIÓN DE DANIEL

“Y cuatro bestias grandes, diferentes la una de la otra, subían del mar” (Daniel 7:3).
La visión de Daniel es parecida a la de Nabucodonosor, pero a lo bestia. Las cuatro bestias representan los mismos cuatro imperios presentes en el sueño del rey, pues solo hay una historia del mundo, evidentemente, pero hay diferentes maneras de verla. Nabucodonosor la ve en forma de una hermosa estatua con cuarto partes, Daniel en forma de cuatro bestias repugnantes. Los reinos de este mundo pueden ser hermosos o bestiales, según como se miran. El imperio de la Unión Soviética, por ejemplo, fue hermoso para los que gobernaban, pero bestial para los países bajo su dominio totalitario, con el KGB, la policía secreta, la represión, las deportaciones a Siberia, ejecuciones, exterminios, y control absoluto de la vida de los ciudadanos. Daniel está viendo la realidad del poder humano corrupto tal como Dios la ve, y es bestial. Cuando el hombre se hace “superhombre” se convierte en una bestia.
En el sueño de Nabucodonosor, la respuesta de Dios al superhombre fue una piedra tosca que dio con la estatua en sus pies y la tumbó. Esta piedra representa el Señor Jesucristo, la piedra que los hombres rechazaron: “Desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa. He aquí pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado… La piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo” (1 Pedro 2:4-7). Su imperio crece y crece y reemplaza los imperios de este mundo. El superhombre es reemplazado por el Verdadero Hombre.
En el sueño de Daniel, Dios destruye las bestias, y entrega los reinos de este mundo a su Cristo: “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un Hijo de Hombre, que vino hasta el Anciano de Días, y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (v. 13, 14). Este es el texto que Jesús citó al sumo sacerdote en su juicio, refiriéndolo a sí mismo: “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mat. 26:64). Después de su resurrección dijo a los discípulos: “Toda potestad me es dada” (Mat. 28:18). Este sueño profético se cumplió en la ascensión del Señor Jesús: “Viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le oculto de sus ojos” (Hechos 1:9). El Señor Jesús subió de la tierra con las nubes, al alto cielo, y se presentó delante del Trono del Anciano de Días, triunfante y victorioso, habiendo llevado a cabo su encargo de redimir al hombre, y le fue concedido “dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido”. Él es la respuesta de Dios a las bestias que gobiernan este mundo. ¡Alabado sea, eternamente!