¿POR QUÉ A DANIEL?

“En el primer año de Belsasar rey de Babilonia tuvo Daniel un sueño, y visiones de su cabeza mientras estaba en su lecho; luego escribió el sueño, y relató lo principal del asunto. Daniel dijo: Miraba yo en mi visión de noche, y he aquí…” (Daniel 7:1, 2).
Ahora Daniel es quien tiene un sueño. Hasta ahora ha interpretado sueños y visiones de otros. Ahora Dios le da un sueño del curso que tomará la historia humana culminando en la venida de Cristo para establecer su reino eterno. ¿Por qué fue a Daniel a quien Dios concedió esta visión del glorioso trono de Dios y el reino de su amado Hijo? “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un Hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de Días, y le hicieron acercarse delante del Él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblo, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (7:13, 14).
Dios dio la visión a Daniel porque el corazón de Daniel le amaba como Rey, le conocía como el único Soberano sobre los asuntos de los hombres. Daniel oraba tres veces al día de rodillas, abiertas las ventas de su cámara que daban hacia Jerusalén. La visión fue dada a la persona que vivía la destrucción de Jerusalén y el levantamiento y la caída de un imperio tras otro. Amaba Jerusalén. Su corazón estaba allí, sufría por la derrota del pueblo de Dios, por su pecado y su alejamiento, creía las promesas de los profetas que un día el Rey de Dios gobernaría el mundo con sede en Jerusalén, y anhelaba aquel día. Era a esta persona a la que Dios reveló el eterno reino de Cristo.
Nosotros también tendríamos una visión más clara de estas cosas si nos arrodillásemos tres veces al día con las ventanas de nuestros corazones mirando hacía la nueva Jerusalén, la que desciende de Dios, anhelando el retorno de Cristo, y apresurando su venida, si orásemos como Daniel tres veces al día:
“Oh Dios eterno, tuyo es el reino, el poder y la gloria. Tú eres el Rey del Cielo y todas tus obras son verdaderas, y tus caminos justos. Tú eres el Altísimo que gobiernas el reino de los hombres y las entregas a quien Tú quieres; constituyes sobre ellos el más humilde de los hombres, y este es nada menos que nuestro amado Salvador, el Señor Jesucristo. Padre, pedimos que apresures su venida, que descienda del cielo ya con gran poder y gloria, y que tome la autoridad para reinar. Ven, Señor Jesús, tu iglesia te reclama. Amén”.
¡Cómo no purificaría nuestros corazones si orásemos así, de rodillas, tres veces al día, mirando a Jerusalén! Pondría en orden nuestras prioridades, nuestra esperanza sería cada vez más brillante, veríamos las cosas de este mundo en otra luz, y viviríamos vidas santas en anticipación de aquel día glorioso.
“Oh Padre eterno, orienta las ventanas de nuestros corazones hacía tu Jerusalén, pon nuestros ojos en el cielo, buscando indicaciones de su venida. Haz que anhelemos el glorioso retorno del Rey de gloria hasta que este mundo empalidezca a la luz de su retorno. Intensifica nuestra esperanza en aquel día; revélanos su gloria. Oh Padre, gracias que el Rey volverá. Apresura Tú su venida. Mándanoslo pronto, te pedimos. Amén”.