¿SUMISIÓN O ANULACIÓN?

“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (EF. 5.22).
La sumisión es un concepto enseñada por la Biblia. Sale en casi todas los textos que dan instrucciones a la mujer. La anulación, en cambio no la desea Dios para ninguna mujer. Es pasarla por un proceso en que ella pierde su personalidad. Deja de ser ella. Pierde su voluntad. No puede tomar decisiones. Pierde confianza en sí misma. Depende de su marido para todo. Ella vive dependiente de él o una proyección de él. Se acopla a su forma de pensar, sus planteamientos de la vida, sus deseos, y le obedece como si fuera su hija.
Esto puede evitar conflictos en el momento, pero si esta es la dinámica de la relación, algo va muy mal. El marido la tiene dominada. Puede ser culpa de los dos, que ella malentiende lo que es la sumisión, o que él piensa que este es lo que la Biblia enseña en cuanto al papel del hombre. Pero no es así.
La mujer anulada ha perdido contacto con sí misma. No se da cuenta que está anulada, pero se siente desorientada. Puede estar deprimida, triste, ausente, o muy fuerte defendiendo la línea de su marido. No se desarrolla como persona. No se siente realizada. No está feliz en lo íntimo de su ser. Es una persona dependiente, frustrada, vacía, acomplejada, y atada. Es una niña en cuerpo de mujer que se relaciona con su marido como si fuese su padre. Vive de normas e imposiciones, todas impuestas.
Dios expresa su voluntad, pero nos deja libres para hacerla o no. No nos la impone. Si la impusiera, seríamos robots, personas sin personalidad. Obedeceríamos, esto sí, pero no sería una elección libre de nuestra parte, porque tendríamos la voluntad anulada. Dios no adelanta nada con imponer su voluntad, porque no fomentaría la relación que Él desea tener con nosotros. Cuando el Señor Jesús dice: “Llevad mi yugo sobre vosotros, mi yugo es fácil” (Mat. 11:29) está contrastando una relación de obediencia libre con nosotros con el legalismo impuesto por los fariseos, que es una carga cansina (v. 28).
El cristiano maduro tiene su voluntad intacta y la somete a la de Dios por elección libre. Puede decir que sí o que no a lo que Dios pide, ¡y sufrir las consecuencias! Dios nos deja libres para elegir, porque quiere que le amemos de corazón y que decidamos obedecerle porque le amamos, no porque Él nos obliga a hacerlo. En el caso del matrimonio cristiano, el marido maduro no toma las decisiones para gratificarse a sí mismo, sino para el bien de la pareja o de la familia. Dios no es egoísta, sino sabio; toma en consideración todas las cosas cuando decide algo. El marido no tiene la perfección de Dios, pero quiere ser como Él en sus motivaciones. Pregunta la opinión de su esposa. Los dos hablan y buscan la voluntad de Dios juntos. Si no pueden ponerse de acuerdo, cada uno pensando en el bien del otro, alguien tiene que tomar una decisión y esta persona es el marido. En tal caso decide lo que cree mejor para su familia, no lo que le conviene a él.
La sumisión es una decisión libre: yo decido someterme, y lo hago por amor a Dios, como Cristo se sometió a la voluntad del Padre. Dios no nos neutraliza, nos potencia. Restaura nuestra entidad humana. Cuanto más somos guiados por el Espíritu Santo, más somos nosotros mismos. Esta es la verdadera libertad.