¿CUÁL ES LA VICTORIA?

“Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche, y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vida hasta la muerte” (Ap. 12:10, 11).
Estamos inmersos en una batalla espiritual, pero ¿cuál es el objetivo del enemigo?, y ¿qué aspecto tiene la victoria? ¿Cómo se sabe si hemos ganado? Algunos piensan que la victoria consiste en no tener ningún problema, en vivir tranquilos. Si se pincha una rueda, si se estropea la lavadora, si perdemos el empleo, o si un familiar se enferma gravemente, piensan que estos son ataques del enemigo para quitarnos la tranquilidad. Creen que la victoria consiste en neutralizar al enemigo para que no nos moleste. Pero la batalla no es para conseguir nuestra tranquilidad y bienestar. No somos el centro del universo. La batalla es para que crezca el reino de Dios en la tierra, y se gana la batalla por la proclamación del evangelio. La victoria consiste en seguir predicando el evangelio, es decir, en seguir testificando de Cristo, a pesar de todo lo que nos pase. Si seguimos testificando a pesar de todo, hemos ganado.
Tenemos un ejemplo en lo que comunica Puertas Abiertas. Escriben: “Koné está casada y tiene once hijos. Se convirtió después de acudir a una reunión cristiana. Su marido es animista y quiere obligarle a volver a su cultura mediante palizas, insultos y amenazas de muerte. Consiguió poner a sus hijos en su contra, pero ella sigue evangelizando”. Esta es la victoria. No consiste en vencer a su marido, sino en seguir evangelizando a pesar de él.
El texto que encabeza nuestra meditación habla de conseguir la victoria sobre el enemigo, ¡no yendo a por él!, sino por tres cosas: (1) Por no hacer caso de las acusaciones del diablo, porque Cristo nos ha justificado y no puede acusarnos delante de Dios, porque Dios no le recibe. Ha sido expulsado del cielo. Nosotros tampoco tenemos que hacerle caso cuando nos acusa del pecado ya confesado y perdonado. Ya no existe. Dios ha hecho desaparecer este pecado. El diablo nos acusa de él para desmoralizarnos, para hundirnos en la culpa y alejarnos de Dios, porque la persona que se siente culpable, se siente lejos de Dios e indigno de acercarse a Él. No ora. En Cristo somos perdonados y bien recibidos por nuestro Padre celestial que nos ve inmaculados, lavados por la sangre de su amado Hijo. (2) La victoria es seguir dando testimonio del Evangelio. No es tanto nuestro testimonio de cómo llegué a conocer al Señor, sino el testimonio de lo que hizo Cristo para salvarnos, de su muerte y resurrección. Predicamos a Cristo, no nuestras experiencias. (3) “Menospreciaron sus vidas hasta la muerte” significa que fueron a la muerte por no negar a Cristo. Testificaron hasta el final y así vencieron. Parece todo lo contrario, que el enemigo venció; pero “la sangre de los mártires es la semilla de la iglesia”. Ellos son el grano de trigo que cae en tierra y muere para luego dar mucho fruto. O bien seguimos predicando el evangelio a pesar de todo lo que nos venga, o bien morimos en el esfuerzo. En todo caso ganamos.
La victoria final es que la Iglesia de Jesucristo crece y crece hasta llenar toda la tierra (Daniel 2:35). Y esta es la derrota del diablo, porque todos sus esfuerzos para impedirlo fracasaron.