DANIEL Y EL PADRE NUESTRO 

“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder, la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mateo 6:9-13).
La cuestión es el establecimiento del reino de Dios. Analizando el Padre Nuestro a la luz del planteamiento de Daniel de la realidad en todas las esferas, a saber, que la lucha para establecer el reino de Dios tiene lugar en el aire y también en la tierra, salimos con algo como esto:
El reino de Dios en los cielos. Allí, Dios es Rey y su voluntad está hecha siempre. Él es santo y todo transcurre en santidad (v. 9).
En la tierra hay conflicto entre los reinos de este mundo y el reino de Dios, o sea, entre la Iglesia y los gobiernos de diferentes países, para que no se haga la voluntad de Dios (v. 10). Por lo tanto, pedimos que el reino de Dios venga a este mundo y que se haga su voluntad en la tierra. En el aire, la batalla se libra entre los ángeles de Dios y los “príncipes” de diferentes países, seres espirituales malvados. En el mundo, toma lugar entre los gobiernos de diferentes países y la Iglesia. Toma la forma de leyes represivas, discriminación contra creyentes, falta de justicia, persecución, o lo políticamente correcto. Si estudiamos las peticiones de Puertas Abiertas, casi siempre tienen que ver con cosas políticas. Para nosotros personalmente hemos de pedir comida, protección, liberación del maligno y perdón de pecados. Pedimos perdón y perdonamos a otros para que el diablo no tenga de qué acusarnos. (v. 11-13).
Finalmente se establece el reino de Dios en la tierra: “Tuyo es el reino, el poder, la gloria, por todos los siglos” (v. 13). Esta es la finalidad de la oración. Afirma por fe lo que un día será una realidad en este mundo.
            En el libro de Daniel vemos que el conflicto era político, se libró entre el pueblo de Dios y Babilonia. Venía la persecución cuando los creyentes no quisieron adorar la estatua de oro que representaba el rey (Daniel 3), y cuando no quisieron orar al rey y dejar de orar a Dios (Daniel 6). Tuvieron que conseguir el permiso del gobierno para hacer la voluntad de Dios, que era volver a Israel y reconstruir el Templo después de los setenta años. La tentación era adaptarse a los babilonios y llegar a ser uno de ellos. La victoria se ganó por medio de la oración y el ayuno. En ella participaron Daniel y sus amigos, desde la tierra, y los ángeles de Dios en el aire. La guerra se ganó, Dios tocó el corazón del rey, él dio los permisos, y los cautivos volvieron a Jerusalén para trabajar en el establecimiento del reino de Dios en la tierra.