El ALTAR EN TU TEMPLO

“Esta es la ley de la Casa: Sobre la cumbre del monte, todo el límite en su torno, será santísimo. He aquí que esa es la ley de la Casa” (Ez. 43:12).
La ley de la Casa de Dios, de su templo, el cual somos nosotros, es santidad, pero a veces rompemos esta ley, y nos sabe muy mal cuando lo hacemos. La pregunta es, entonces: ¿Cómo podemos mantener intacta nuestra santidad? Tenemos una propensión notable a pecar. Aun cuando estamos haciendo lo posible para evitarlo, el pecado nos hace una zancadilla y tropezamos y caímos. ¿Cómo, entonces, podemos recuperar nuestra santidad, es decir, volver a estar limpios después de haber manchado nuestras vestiduras? El versículo siguiente empieza un nuevo párrafo para exponer el tema; la siguiente sección habla del altar: “Y estas son las medidas del Altar en codos…” (v. 13). El altar es el lugar de limpieza. En el Nuevo Testamento es la Cruz de Cristo, el lugar donde conseguimos el perdón de nuestro pecado.
La cruz ocupa un lugar central en nuestra vida, no la cruz en nuestra doctrina, sino la cruz en nuestra experiencia como creyente. ¡Cuántas veces hemos de recurrir a la cruz y pedir perdón! Pedimos perdón por cosas pequeñas y cosas grandes. Cualquier cosa que estorba nuestra comunión con el Señor, cualquier hábito que necesitamos romper, cualquier cosa en nuestro pasado que no hemos arreglado hasta ahora, cualquier cosa grandísima que de repente descubrimos que está mal que no habíamos visto antes, los desórdenes, las actitudes, cosas muy nuestras que forman parte de nuestro carácter que no están bien, motivaciones incorrectas, cosas que molestan a los demás, hay tantas cosas incorrectas en nuestras vidas que vamos descubriendo sobre la marcha, todas ellas tienen que ser llevados a la cruz y confesadas como pecado, y dejadas clavadas allí. De la misma manera que hacemos la limpieza en casa, a veces al fondo, a veces por encima, tenemos que mantener limpios nuestros templos.
La sección anterior (43:1-12) versa sobre la gloria de Dios y la siguiente versa sobre la gloria de Dios (44:1-4) y en medio está lo del altar que estamos considerando ahora. Si la gloria de Dios va a llenar nuestro templo, tenemos que recurrir muchas veces al Altar para mantenerlo limpio. Dios tiene que habitar en santidad. Cuando presentamos nuestros sacrificio por el pecado, el Señor Jesús que ha sido sacrificado en nuestro lugar, Dios nos acepta: “Los sacerdotes sacrificarán sobre el altar vuestros holocaustos y vuestras ofrendas de paz; y me seréis aceptos, dice Jehová el Señor” (v. 27). Con esta promesa de acepción termina el párrafo. Cuando nosotros hemos confesado nuestros pecados, Dios nos acepta. Estamos perdonados. No tenemos que temer ser rechazados por Él.
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Esta promesa es nuestra garantía de salvación. Cristo ha pagado en nuestro lugar. Dios no va a cobrar dos veces. Él es justo. Hemos sido ajusticiados en Cristo. Dios no nos condenará, porque Él es justo. En el Altar Dios hace justicia: la Víctima paga y el pecador es perdonado. El creyente confiesa su pecado y recibe perdón, porque “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7), y la gloria de Dios llena su templo limpio y resplandeciente con la bendita presencia de Dios.