EL ANTICRISTO

“Y el rey hará su voluntad, y se ensoberbecerá, y se engrandecerá sobre todo dios; y contra el Dios de los dioses; contra el dios de los dioses hablará maravillas, y prosperará, hasta que sea consumida la ira; porque lo determinado se cumplirá” (Daniel 11:36).
Terminamos hablando de Antíoco Epífanes, el que profanó el Templo. Algunos piensan que todo el resto del capítulo se refiere a él, pero los versículos iniciales del capítulo siguiente que hablan de la Gran Tribulación y la resurrección de los sabios y su eterna gloria evidentemente están hablando, no de sus tiempos, sino del final de toda la historia. Es más, no hay ninguna evidencia histórica que él emprendió la batalla descrita en estos versículos. Entonces, ya no estamos hablando de él, sino de otro, uno que se parece un poco a Antíoco, pero más siniestro en sus orgullosas pretensiones y en el mal que logra realizar. ¿Dónde, entonces, está la transición entre él y la figura del anticristo que él representa? Se suele pensar que el versículo 36, que hemos citado arriba, marca el cambio. Así que ya estamos hablando de lo que pasará cuando la historia finalmente acabará, muy lejos de lo que se ha escrito en tanto detalle acerca de los reyes tolomeos y setéucidas. Esta interpretación concuerda con lo que Dios le dice a Daniel: “Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin”.
El comentarista no pretende interpretar los versículos 40 a 45. Se limita a decir que “continuarán siendo un misterio hasta que llegue realmente el tiempo del fin”, pero añade que otros profetas arrojan luz sobre este periodo del final de la historia. Se presentará una gran expedición de las naciones antiDios contra el pueblo santo, especialmente contra Jerusalén, en que Dios interviene al final y da la victoria a su pueblo y destruye definitivamente a sus enemigos. Aquí encajan Ez. 38, 39; Zac. 12:2-5; 14:1-5; Joel 3:9-16.
El versículo 45 de Daniel, que hace referencia a la batalla de Armagedón, aparece en Ap. 16:19 y 20:9. “Y (el anticristo) plantará las tiendas de su palacio entre los mares y el monte glorioso y santo; mas llegará su fin, y no tendrá quien le ayude” (Daniel 11:45). En Apocalipsis leemos: “Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada, y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió. Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap. 20:9, 10).
Desde donde estaba escribiendo Daniel en Babilonia, con Jerusalén en ruinas y el pueblo de Dios en el exilio, esta profecía del “monte glorioso y santo” (Daniel 11:45), para Daniel habrá significado el final glorioso y victorioso del pueblo de Dios al final de la historia. ¡Cuánta historia quedaba en el tintero para cumplirse entre su presente angustioso y el glorioso final!, pero ¡qué esperanza tan brillante la suya! El Dios que cerró la boca de los leones del terrible foso en su experiencia, tantos años atrás, iba a cerrar la boca del león rugiente definitivamente y para siempre.