EL ESPÍRITU SANTO EN NOSOTROS

“Porque todo los que son guidados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios” (Romanos 8:14-17).
Hay una diferencia entre los que han recibido el Espíritu de Dios y los que profesan ser creyentes, pero en realidad no han nacido de nuevo. Los que son hijos de Dios son guiados por el Espíritu de Dios, han entrado en una nueva libertad como hijos de Dios, no viven bajo temor de condenación, tienen a Dios por Padre, son hijos suyos y van a heredar el reino. Tienen la seguridad de su salvación y viven con la esperanza de partir un día para estar con el Señor. Esto es lo normal de ser creyente:
Buscan la dirección de Dios en sus vidas, encuentran su voluntad en las Escrituras y las obedecen, pero no como obligación, o legalismo, sino libres. Como dice Oswald Chambers: viven en obediencia a Dios y sus decisiones son la voluntad de Dios. No cumplen lo que se espera de ellos como un deber, sino que hacen lo que hacen en relación con Dios como Padre.
Tienen la seguridad de su salvación, no porque han hecho una oración y una persona les ha asegurado de que son salvos, sino porque tienen una profunda convicción interior que han recibido de parte del Espíritu Santo hablando con su espíritu de que Dios les ha aceptado como hijos.
No viven con el temor de ser rechazados por Dios, o que van a fallar y apartarse de Dios, o que se quedarán postrados en el desierto y no entrarán en la Tierra Prometida. Tampoco viven con el temor de haber cometido un pecado que les descalifica para ser salvos. Tampoco con el temor de no ser suficientemente buenos, o no haber hecho suficientes obra buenas para tener la salvación. No viven con temores, sino con el gozo de su salvación.
No tienen dudas en cuanto a su salvación, no temen la condenación, sino que han puesto toda su confianza en lo que Cristo hizo por ellos y en sus méritos a su favor que han conseguido su salvación y una herencia eterna.
Luego hay lo que no es normal de ser creyente. Estamos hablando de una persona que realmente lo es, pero no tiene la seguridad de su salvación. Cree que Dios le ha rechazado, que no ha hecho suficiente para ganar el amor de Dios; no se siente amado por Dios, no se quiere a sí mismo tampoco, y vive angustiado en lo más profundo de su ser, pero no lo manifiesta normalmente. La idea de presentarse delante de Dios le da miedo, teme ser fracasado como creyente. En grandes rasgos, esto puede tener uno de dos explicaciones:
Motivos sicológicos. Esta persona necesita una sanidad emocional. Ha vivido cosas, tenido experiencias, interpretado cosas que le ha sucedido de una forma que ha afectado su percepción de sí mismo y de Dios. No se acepta, no se ama, y cree que Dios tampoco.
Motivos espirituales. Esto es lo que le pasó a Job. El diablo se había metido entre él y Dios, por ninguna culpa suya, y no pudo encontrar la presencia de Dios, ni sentir el amor de Dios, ni sentirse acogido por Él. Dios mismo intervino para solucionarlo.
Motivos físicas. A su cerebro le falta una química que le afecta su forma de pensar. Una vez que recibe tratamiento, se mejora y todo cambia.