EL ROL DE LA ORACIÓN (2)

“Aun estaba hablando y orando, y confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, y derramaba mi ruego delante de Jehová mi Dios por el monte santo de mi Dios; cuando el varón Gabriel vino a mí” (Daniel 10:20, 21).
En precisamente el libro de la Biblia donde nos revela el control de Dios en el destino de la naciones, nos enseña que la oración de los seres humanos es un factor determinante en los conflictos cósmicos. Todo está determinado; la oración cambia las cosas. Ambas afirmaciones son ciertas, aunque aparentemente contradictorias. Pero la Biblia no es matemáticas: es la verdad en una escala más alta. La única conclusión coherente es que nosotros tenemos una responsabilidad determinante en la batalla por la Iglesia de Barcelona, o Lima, o donde sea. Si lo desempeñamos fielmente, seres celestiales con nombre (¡pero sin apellido!), que un día conoceremos, estarán eternamente agradecidos por nuestro apoyo en la batalla.
Si usamos la soberanía de Dios como excusa para no orar, no estamos siendo responsables. Nadie conocía la soberanía de Dios mejor que Daniel, y él fue un hombre de oración.
Notemos el tema de la oración de Daniel en este contexto, en el de la guerra espiritual en dos niveles, en la tierra y en las esferas celestiales:
Estaba confesando el pecado de su pueblo (10:20). El pecado es lo que había conducido a su pueblo a la derrota. Por ello tuvo que reiniciar la batalla en oración a favor de su victoria, y ésta se consigue por medio de la confesión de pecado. La victoria sobre Satanás y sus huestes siempre ha sido por medio de la Cruz y el perdón. Lo mismo ocurre en nuestras vidas.
Estaba rogando por el monte santo de su Dios (10:20). El equivalente es orar por tu iglesia y el testimonio del evangelio en tu ciudad. ¿Cómo va la iglesia en tu ciudad? Ora. Ora por los pastores, que sean buenos líderes, santos hombres de Dios, hombres de oración, poderosos en las Escrituras, fieles en denunciar y corregir el pecado y compasivos con la debilidad de sus hermanos.
Notemos lo que no fue el tema de la oración de Daniel. Estaba involucrado en la guerra espiritual de dos niveles, pero no se metió en el nivel de los ángeles; se limitó a quedar en el que le correspondía a él. No estamos llamados a reprender a ángeles: “Estos soñadores (falsos profetas) mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores” (ángeles). Ni siquiera se atrevió a hacerlo Miguel disputando con el diablo: “No se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda” (Judas 8, 9). Los ángeles luchan con ángeles y los seres humanos con los asuntos de la tierra. Oremos por el gobierno y por la iglesia que tiene que vivir bajo su autoridad: “Exhorto… a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones… por todos los hombres; por reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Tim. 2:1-3). “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros” (Sant. 5:16). Esta es nuestra parte en la batalla.