LA EXPERIENCIA CULMINANTE DE DANIEL

“En el tercer año de Ciro rey de Persia fue revelada palabra a Daniel, llamado Beltsasar; y la palabra era verdadera” (Daniel 10:1).
Han pasado dos años desde la última y gran revelación que Daniel recibió por medio de ángel Gabriel en respuesta a la oración para comprender el significado de la profecía de Jeremías. ¿Cuándo se iban a cumplir los setenta años? ¿Se cuentan a partir de qué año? ¿Es literal? En todo caso, el pueblo no estaba preparado, y Daniel se colocó en el lugar del intercesor, confesando su propio pecado y el de su pueblo.
En su siguiente lucha con el pecado y para entender, Daniel se humilló delante de Dios haciendo ayuno por tres semanas en que solo comió lo necesario: “En aquellos días yo Daniel estuve afligido por espacio de tres semanas. No comí majar delicado, no entró en mi boca carne ni vino, ni me ungí con ungüento” (v. 2, 3). Así se preparó en lo humanamente posible para tener lo que resultó ser la experiencia más grande de su vida. Aun así necesitaba fortalecimiento divino para recibir la palabra que le vino de parte de Dios. Casi todo el capítulo es acerca de cómo Daniel se encontraba, lo que sentía, lo que vio, cómo reaccionó, cómo la experiencia le dejó. El mensaje que recibió no viene hasta el capítulo siguiente (11:2). Para Dios es más importante Daniel que el mensaje. Le amaba profundamente. Daniel era varón muy amado.
Nosotros queremos información, enseñanza, contendido. Queremos conocer los datos, hacer nuestros esquemas, encajarlo todo, y dominar la temática, en este caso, la escatología. Pero para Dios nosotros somos más importantes de lo que sabemos. Dios escudriña el corazón, no la mente. Lo que importa es de qué espíritu somos, no lo que sabemos. Daniel no era un mero instrumento en manos de Dios para transmitir un sistema escatológico; era una persona que Él querida (v. 11). No cabía en la mente de Daniel todo lo que Dios le estaba revelando. Su mente explotó. Se hizo pedazos. Su cuerpo no lo resistió. Era demasiado grande para él y Dos lo sabía y le atendió de forma muy especial: el Señor mismo le vino en persona para tocarle:
“Y alcé mis ojos y miré, y he aquí un varón vestido de lino, y ceñidos sus lomos de oro de Ufaz, Su cuerpo era como de berilo, y su rostro parecía un relámpago, y sus ojos como antorchas de fuego, y brazos y sus pies como de color de bronce bruñido, y el sonido de su palabras como el estruendo de una multitud” (v. 5, 6). Es la misma experiencia que tuvo el apóstol Juan cuando él recibió su profecía: “Vi a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; y sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas” (Ap. 1:12-16). Era demasiado para él: “Cuando le ví, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas” (v. 17). Lo mismo le pasó a Daniel. No lo podía resistir. Cayó al suelo; desfalleció; perdió toda su fuerza, “y he aquí una mano me tocó, e hizo que me pusiese sobre mis rodillas,… y me dijo: Daniel, varón muy amado”.
Podemos entender toda profecía, y todos los misterios, y toda ciencia y tener una gran fe, pero si no estamos en el amor de Dios, sintiéndonos amados por Él y amando a otros, no somos nada (1 Cor. 13:2). La profecía es muy importante, pero el amor lo es mucho más.