LA PARÁBOLA DE LOS TALENTOS

“El reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes” (Mateo 25:14).
Los talentos son un peso de metal. Cinco talentos son como 500,000 €. En el sentido espiritual, los talentos son lo que el Espíritu Santo nos ha dado para la obra de la extensión del evangelio, todo lo que tenemos para servir al Señor. Incluyen salud, dones, ministerios, habilidades, dinero, personalidad, educación, circunstancias idóneas para nuestra participación en la obra de Dios. Todos tenemos diferentes talentos. No es que Dios sea injusto, el Señor reparte como quiere. El Señor me hizo así porque así le ha complacido. Me puede utilizar aquí donde estoy. Cada uno tiene cosas que hacer según lo que tenemos. El Señor nos ha mandado trabajar en su obra. Y pide cuentas según lo que nos ha dado y de acuerdo con nuestras posibilidades.
El hombre de un solo talento lo enterró, costumbre de aquel entonces para guardar el dinero. No quiso mojarse, ni aceptar responsabilidad dentro de sus límites. La cuestión es que debemos usar aun lo poco para la causa del reino. La viuda dio todo lo que tenía. Esto es lo que cuenta. El que tuvo cinco talentos ganó el doble. Eso es usar nuestros recursos al máximo. El segundo también ganó el doble y recibió la misma respuesta que el primero: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. El Señor exige fidelidad, no éxito. Si has trabajado bien, tu galardón será trabajar aun más en el reino.
El que no hizo nada con su talento critica al Señor. Le dice que es exigente, duro y poco compasivo. Así nos susurra el diablo al oído: “Dios te exige demasiado, y no te ama”. Cuando vivimos en pecado, pensamos que Dios es así. Nuestra percepción de Él depende de nuestro corazón. Si no uso mi vida para la causa del evangelio, el Señor me llama malo y negligente. Su talento es dado al que más tenía. Y el Señor dice: “Al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes”.
Esto nos parece injusto. Si no hay fruto en el día final, todo lo tuyo será quitado, aun lo poco que tienes, e irás al infierno. ¿Dónde está el evangelio de la gracia en esta parábola? La responsabilidad bien cumplida es la consecuencia de la justificación por la fe. Ninguna obra nos salva, pero las buenas obras son el resultado de la verdadera salvación. El Espíritu Santo nos es dado para transformarnos, y esta transformación se ve en cómo vivimos. Si no hay cambios, no hay fe. El evangelio es el poder de Dios para llevar vidas fructíferas. Si tenemos al Señor, está a nuestro lado fortaleciéndonos y capacitándonos para dar fruto. Si solo usamos nuestros recursos para nuestro disfrute, no somos salvos. Si lo somos, respondemos con gozo y le servimos, dándole gracias que podemos contribuir nuestro grano de arena a su obra magna de la edificación del Reino de Dios. Amén.
(Estos últimos dos meditaciones están basadas en mis apuntes de mensajes dado por David Burt en la asamblea de Igualada, 28/8/16).