LA RESPUESTA A LA ORACIÓN DE DANIEL

“Al principio de tus ruegos, una respuesta fue dada, y yo he venido para enseñártela” (Daniel 9:23, NVI).
El ángel vino para mostrar a Daniel la respuesta a su oración. Daniel estaba orando, pidiendo que Dios perdonase su pecado y el pecado de su pueblo, y que restableciese su Templo, “su monte santo”, el lugar de salvación y del trono de Dios. El ángel vino para decirle que la respuesta a sus oraciones es Jesús. Él es el que quita de en medio el pecado para siempre, santifica a Israel, y reina sobre el trono de David para establecer un reino eterno de justicia. Dios amaba muchísimo a Daniel (v. 23). Daniel había buscado a Dios, a su reino y su justicia, toda su vida, y ahora Dios abre Su corazón para mostrarle lo que lo llena, lo mismo que anhela Daniel, el objeto de la devoción de Dios: le mostró a Jesús.
Cuando una persona busca a Dios de todo corazón, harto del pecado, anhelando justicia, Dios le muestra a Jesús. Él es la respuesta a nuestras oraciones. Es el Único que puede poner bien este mundo y establecer un reino eterno de justicia. Si te gusta el mundo tal como es y disfrutas del pecado, no necesitas a Jesús. Todo está bien tal como está. Pero si eres consciente de un abismo de imperfección dentro de ti, y sufres por el estado del pueblo de Dios, Jesús es la respuesta.

Vamos al texto: “Setenta semanas están determinadas sobre tu santa ciudad, para terminar la transgresión y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos” (9.24). Jesús vendrá en el tiempo señalado para poner fin al pecado y expiar la iniquidad por su muerte en la Cruz. Por su sangre somos eternamente justos. Él es el sello de la profecía, el cumplimiento de toda profecía. Él sella nuestra justicia con su Espíritu y su reino establecerá justicia en la tierra. Él es el que ungió el propiciatorio con su sangre, y abrió el Lugar Santísimo a todo creyente, dándonos acceso directo a Dios por su muerte.

Dios le dice a Daniel que habrá un edito para la reconstrucción de Jerusalén, que vendrá el Mesías Príncipe (v. 25), después “se quitará la vida al Mesías” y Jerusalén será invadida y destruida: “Un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el Santuario” (v. 26). Esto ocurrió en el año 70 d. C. cuando el imperador romano Tito invadió Jerusalen y arrasó la ciudad. Él mandó que respetase el magnífico Templo que fue hecho de oro y mármol, pero sus soldados no obedecieron el orden y quemaron el Templo. El oro se fundó, y para robarlo, los saldados desmontaron el templo, piedra por piedra, para coger el oro que se había derretido entre las piedras. Así cumplieron la profecía de Jesús que no quedaría piedra sobre piedra (Mateo 24:1, 2).
Hay una profecía con doble cumplimiento acerca de la profanación del Templo, “la abominación desoladora”, que se cumplió en su día (ver Mateo 24:15) y se volverá a cumplir cuando venga el Anti-Cristo, quien finalmente será echado al lago de fuego (v. 27). Punto. Fin de la historia. Todo esto Dios reveló a su amado Daniel, al hombre que buscaba la justicia, la que trajo Jesús: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hecho justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21). Alabado sea Dios. Bendito su Nombre.