LIMPIEZA CONTINUA

“He aquí la Gloria del Dios de Israel que venía del oriente, y su voz era como el sonido de muchas aguas, y la tierra resplandecía a causa de su gloria. Y la gloria de Yahvé entró en la Casa… Entonces oí a uno que me hablaba desde la Casa que me decía: Hijo de hombre, éste es el lugar de mi trono, el lugar donde posaré las plantas de mis pies, donde moraré en medio de los hijo de Israel para siempre” (Ez. 43:2, 4, 6, 7).
Este capítulo asombroso nos habla profundamente al corazón porque todos los que amamos al Señor queremos vivir en su santa presencia. La gloria del Señor entra en su templo y lo llena de luz, porque en la presencia de Dios solo hay luz. No hay tinieblas allí. No hay nada de pecado, de maldad, de perversidad o de mal. El cristiano ha quitado de en medio todo el pecado que ha visto en su vida, y en su pensamiento, y se ha apartado de él (v. 11). Ha determinado que va a observar la ley del templo que es la santidad (v. 12), es decir, que va a permanecer en la santa presencia de Dios, pero cuando falla y peca, recurre al altar (v. 13), donde la sangre de Cristo le limpia de todo pecado, y es restaurado (v. 27). Dios le acepta.
El apóstol Juan dice lo mismo en el Nuevo Testamento: “Éste es el mensaje que hemos oído de Él y os anunciamos: Dios es luz, y en Él no hay ninguna tiniebla. Si andamos en la luz, como Él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:5, 7). Tener comunión con él es lo mismo que permanecer en Él (Juan 15), o vivir en su santo Templo. Ahora su santo templo está en mí, por tanto, pensaríamos que es imposible no vivir en él, pero estamos hablando de realidades espirituales, no físicas. O bien estoy permaneciendo en él, o bien no lo estoy haciendo. Cuando hago algo o pienso algo que no es santo, no lo estoy. Sin embargo hay mucho más de nosotros de lo que nuestra mente consciente se da cuenta. No podemos alcanzar las profundidades escondidas de nuestro pensamiento torcido. No entendemos algunos de los mecanismos oscuros que controlan nuestro pensar. Como dijo Jeremías el profeta, el corazón humano es perverso más allá de nuestra comprensión de él. ¡Pero la noticia maravillosa es que Dios, sí que llega! Su Espíritu Santo escudriña nuestros corazones y explora algunos de las regiones oscuras donde no llegamos, y aun allí, en los rincones tenebrosos de nuestros corazones nos limpia con la sangre de Jesús. Nuestra responsabilidad es andar en la luz, como Él está en la luz, y la sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. Pensaríamos que debería de leer: “Si andamos en luz, no pecamos”; pero no lo pone, porque el pecado es tan profundo que ni lo podemos alcanzar o controlar, comprender o confesar, pero el Espíritu Santo sí puede, y él baja hasta allí, hasta las profundidades, y nos limpia, continuamente. El resultado es que tenemos comunión con Dios. Esto es cierto, pero tampoco es lo que el texto dice. Dice que tenemos comunión los unos con los otros. Las dos cosas van juntas. Tenemos comunión con aquellos con los cuales Dios está en comunión. No podemos tener comunión con el pecado. Dios tampoco. Pero debido a la limpieza continua de la sangre de Jesús, gozamos de la comunión con Dios y con otros siempre que estamos andando en luz. Esta es nuestra única responsabilidad. Entonces vivimos en la gloria de su presencia y nuestro templo está lleno de luz.