MÁS TOQUES (1)

“Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra” (Daniel 10:9).
El clímax de todas las experiencias de Daniel le llega al final de su vida. Todo le ha preparado pare este momento: la derrota de Israel, el exilio, su deportación, la cautividad, la sucesión de reyes, la persecución, su disciplina personal, su fidelidad a Dios, su santidad e integridad, sus dones, los sueños suyos y los de otros, su amor para su pueblo, sus ayunos, su humillación ante Dios y su constante vida de oración: la ventana de su alma abierta hacia Jerusalén.
Y desde la Jerusalén de arriba vino el Señor, acompañado por un ángel para tener comunión con él, parecido a lo que pasó con Abraham cuando vino el Señor acompañado por ángeles: “Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra” (Gen. 18:2). Sabemos que uno de ellos era el Señor. “Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?” (v. 17). ¡Dijo lo mismo con respeto a Daniel! Se lo explicó, “y el Señor se fue por su camino luego que acabó de tener comunión con Abraham” (Gen. 18:33, KJV). Pues, esto es lo que interesa, la comunión con Dios. Claro, hay contenido: Dios le revelo a Abraham lo que iba a hacer para que orase (Gen. 18:23.32), pero lo grande es que ¡Dios buscó comunión con un ser humano! La buscó con Daniel y Daniel estaba preparado. Toda la vida es preparación para nuestra comunión última con el Señor, cuando le veamos, ¡pero puede haber un pequeño anticipo antes!, y esto es lo que tuvo Daniel.
Leyendo de la experiencia de Daniel, no es muy claro cuando es el ángel, cuando es el Señor, como suele suceder en toda literatura apócrifa. Aquí ya es el ángel: “Entonces me dijo: Daniel, no temas; porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en el presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y la causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe del reino de Persa se me opuso durante veintiún días” (v. 12, 13). Cuando hay una enigma en nuestras vidas, algo que no entendemos por mucho que pensemos, hemos de disponer nuestro corazón (no solo nuestra mente) a entender y a humillarnos en la presencia de nuestro Dios. Nuestra oración ha sido oída desde el primer día, aunque hayan pasado años. Ha habido interferencia que requería la intervención de ángeles en la esfera espiritual, y oración y ayuno desde la tierra.
Gabriel tuvo sus dificultades para llegar a Daniel, lo cual explica ahora. Esta es solo una pincelada de lo que ocurre en las regiones celestiales. Estamos en guerra. Daniel había cumplido su parte. ¡Se ve que la parte complicada quedaba con los ángeles! Finalmente el ángel llegó y fue con la finalidad de hacerle saber lo que ha de venir en los postreros días (v. 14), ¡lo mismo que pasó en el caso de Abraham! ¿Para qué quiere Dios que sepamos “lo que ha de venir en los postreros días”? ¿Para discutir el orden de los eventos? No. ¡Para orar! ¿Para qué hacen falta nuestras oraciones? Se ve que Dios ha constituido las cosas de tal forma que es necesaria una coordinación entre las fuerzas celestiales y la oración humana (ver Ex. 17:11 y 2 Reyes 6:11-17). ¡Ángeles están luchando a tu favor!