PABLO Y LA GUERRA ESPIRITUAL

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados” (Ef. 6:12).
Hemos visto la guerra espiritual en la experiencia a Daniel y en el libro del Apocalipsis; lo vemos reflejado en el “Padre Nuestro”; y ahora lo vamos a ver brevemente en el libro de Efesios. Lo que nos anima es saber que tenemos poderosos aliados espirituales en las esferas celestiales que están en la misma batalla que nosotros: la lucha para el reino de Dios en la tierra. La mayoría de nosotros estamos tan distraídos con nuestros problemas personales que participamos poco. Pidamos al Señor que nos consuele, para que tengamos energía para luchar en su causa.
En el libro de Efesios, cuando Pablo habla de la guerra espiritual contra principados, potestades y gobernadores de las tinieblas, en la cual está involucrado todo creyente, señala que nuestra parte es resistir y estar firmes, vivir una vida justa, predicar el evangelio y conocer y usar la Palabra de Dios, “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu” (Ef. 6:10-18). Vamos a mirarlo con un poco más de detalle.
Pablo empieza diciendo: “Fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza”. Allí es donde fallamos la mayoría y no estamos en condiciones para la batalla. Somos débiles. Hemos de averiguar dónde está la grieta por la cual vamos perdiendo poder, y repararla. ¿Es un problema de larga duración? Una de las tácticas del enemigo contra los creyentes es agotarnos, oprimirnos, aplastarnos con problemas que duran años: “El hablará grandes palabras contra el Altísimo, y agotará a los santos del Altísimo” (Daniel 7:25, KJ). El remedio es descansar en las promesas de Dios (Salmo 23:2), es comer a su mesa en medio de la batalla (Salmo 23:5) para refrescarnos y fortalecernos.
En este pasaje de Efesios, Pablo no habla de la parte de los ángeles de Dios en la guerra espiritual, sino de la nuestra. Resistimos a los principados y potestades demoníacos estando firmes. No dice que tenemos que atacarlos; esto lo hacen los ángeles de Dios. Hemos de resistirlos y seguir llevando a cabo la voluntad de Dios a pesar suyo. Esta voluntad es que hablemos la verdad, cosa muy difícil, que vivamos una vida de justicia, o sea, de rectitud, que evitemos el pecado, que prediquemos el evangelio y que vivamos la vida de fe (v. 14-16). La victoria consiste en hacer todo esto a pesar de los problemas de la vida. Lo que protege nuestra mente (v. 17) es la seguridad de que somos salvos por la sangre de Cristo y que ya no somos culpables, porque el arma que usa el enemigo contra nosotros es la de acusarnos de ser miserables pecadores (Ap. 12:10), cosa que nos debilita para la lucha. Lo que nos fortalece es la Palabra de Dios (v. 17). Pone el enemigo en su lugar. Pablo termina hablando de la oración en el Espíritu, no en la carne: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu”. La oración en la carne es la queja, es repasar los problemas, es tener lástima por otros que sufren, preguntándonos cómo es que Dios lo permite, ¡es ponernos al lado del diablo criticando a otros hermanos! La oración en el Espíritu está llena de adoración y alabanza a Dios, es creer en sus promesas y usarlas para orar, es fortalecer al hermano por medio de nuestras oraciones y orar por el avance del evangelio en nuestra ciudad.
¡Que nos fortalezcamos para la batalla!