EL MENSAJE DE DIOS PARA ZOROBABEL

“Esta es la palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6).
Hemos visto el mensaje de Dios para Jesúa el sumo sacerdote por medio del profeta Zacarías; ahora viene el mensaje para Zorobabel, el gobernador. Empieza con una visión de un candelabro de oro con un depósito de aceite y siete lámparas encima, y un olivo a cada lado. Normalmente el olivo da aceite al candelero, pero en esta visión es al revés: ¡el candelabro da aceite a los olivos!, porque el candelabro representa a Dios y el aceite es su Espíritu quien dará el poder a Zorobabel y Jesúa para realizar la obra de la construcción del Templo: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos”. Dios es representado con siete ojos porque todo lo ve. Él está en medio viendo el trabajo de construcción, dando el poder para llevarlo a cabo.
El desafío que tienen por delante es como un gran monte representando lo imposible: “¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serás reducido a llanura” (v. 7). No hay nada imposible para Dios. La obra ha estado parada durante 16 años. Zorobabel ahora es un hombre mayor. Parecía que iba a morir antes de ver el Templo terminado, pero Dios le promete que lo que él empezó lo va a terminar. (¡Aquí hay muchas promesas para nosotros!). “Las manos de Zorobabel echaron el cimiento de esta casa, y sus manos la acabarán. Los que menospreciaron el día de la pequeñeces se alegrarán al ver la plomada en la mano de Zorobabel” (v. 9, 10). Él pondrá la última piedra en el Templo: “El sacará la piedra principal con aclamaciones de: Gracia, gracia a ella” (v. 7). ¡Qué hermosa es esta Casa!
¡Pero hay más! La profecía termina con una revelación enorme: “Estos son los dos ungidos que están delante del Señor de toda la tierra” (v. 14). ¿Quiénes? Zorobabel y Jesúa, ¿verdad? Sí, pero ellos dos, el que estaba en línea para ser el rey de Israel y el Sumo Sacerdote, los dos juntos representan al Gran Ungido, el Señor Jesús, en su doble función de Rey y Sacerdote. En Él los dos oficios se unan. Él es el que realmente está construyendo la Casa de Dios, la iglesia del Dios vivo, y esto no con piedras y cemento, sino con piedras vivas, con los tesoros de las naciones, los redimidos con su sangre de todas las naciones del mundo (1 Pedro 2:4-8). Él está edificando su Iglesia y las puertas del Hades no prevalecen contra ella. Cada generación es una nueva hilada de piedras. Cuando la última persona que ha de ser salva está colocada en su lugar, Él descenderá del Cielo con aclamación y gran gloria como la última piedra, la piedra principal, y con ella la Casa de Dios será completa. Sus manos empezaron la obra y sus manos la acabarán.
Será una obra hermosa, el Señor y todos sus redimidos formando la Casa de Dios, la familia de Dios, donde Él morará para la eternidad, en medio de su pueblo. Y aclamaremos: “Gracia, gracia a ella” porque será una obra de pura gracia, hermosa, para la eterna gloria de Dios.