EL MILAGRO

“Estos son los hijos de la provincia que subieron del cautiverio, de aquellos que Nabucodonosor rey de Babilonia había llevado cautivos a Babilonia, y que volvieron a Jerusalén y a Judá, cada uno a su ciudad; los cual vinieron con Zorobabel, Jesúa,…” (Esd. 2:1-2).
El milagro es que Dios salvó la nación de Israel de extinción en Babilonia y trajo un remanente de vuelta a Jerusalén. Eran cautivos en Babilonia sin templo o sacrificios para quitar el pecado. No tenían sinagogas donde aprender la ley de Dios y su ética para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. No podían celebrar los días festivos que recordaban los eventos importantes de su historia. Los sacerdotes no podían practicar. ¿Cómo es que no perdieron su identidad nacional y espiritual durante los 70 años que estuvieron fuera de su tierra? Por el ministerio de los profetas, Jeremías, que los había preparado para el exilio, y Ezequiel que estaba con ellos en Babilonia transmitiendo los mensajes de Dios tal como los iba recibiendo, y por la enseñanza en el hogar. Los padres enseñaban a sus hijos la historia de su pueblo, y la fe y cómo vivir según la voluntad de Dios. Es otro milagro que Dios conservó la fe de la nación en Babilonia.
A la hora de salir, salieron como familias: “Los hijos de Sefatías, trescientos setenta y dos. Los hijos de Ara, setecientos setenta y cinco…” (V. 3, 4), etc., ¡hasta el versículo 65! Sigue una enorme lista de familias; todos salieron juntas como tales. Es maravilloso como el Espíritu puso en el corazón de estos padres de familia emigrar con todo el parentesco y empezar una vida nueva como familia en Israel. Estaban volviendo a sus raíces, a la tierra de sus abuelos y bisabuelos, hasta llegar a Abraham. Su identidad era que todos juntos formaban parte de la familia de Abraham.
Esto contrasta radicalmente con el individualismo de nuestros días. Los padres llevan sus hijos a la iglesia con la idea que éstos tendrán que elegir cuando sean mayores si quieren ser cristianos o no. Nada podría estar más lejos de la mentalidad de los padres judíos. Eran judíos y sus hijos judíos, y no podrían ser otra cosa por definición. Uno es hijo de tal persona y nieto de tal otro, con todo lo que esto implica. No podían cambiar su familia o sus antepasados o sus genes. Apartarse de la fe de sus padres era negar lo que eran. Eran descendientes de Abraham físicamente; la cuestión era llegar a serlo espiritualmente también, con una fe personal en Dios y una vida de obediencia a Su ley. No podían dejar la fe de sus padres sin negar su herencia, sin faltarles el respecto a los padres, menospreciar sus valores, olvidar todo lo que les habían enseñado desde la cuna, y creer que sus padres estaban profundamente equivocados, que habían entendido mal el propósito de la vida, que estaban malgastando sus esfuerzos sirviendo a un Dios que no existía, y que eran necios.
“Toda la congregación, unida como un solo hombre, era de cuarenta y dos mil trescientos sesenta, sino contar…” (v. 64). Hay discrepancias acerca de los números, pero en total eran más de 100,000 mil personas los que subieron con Zorobabel. Subieron otros grupos con Esdras y Nehemías más tarde. Estos son héroes de la fe. Dejaron todo en obediencia a la llamada de Dios para emprender una vida nueva en una tierra desconocida, pero amada; salía de sus entrañas volver a la tierra de sus padres para servir al Dios de sus su padres. Hoy día cada hijo de creyentes que sirve al Dios de sus padres es un milagro y cada familia cristiana que sirve unida al Señor es otro.