LA CASA GLORIOSA

“La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos” (Hageo 2:9).
Esta hermosa profecía acerca de la Casa de Dios no hecha de oro y plata, sino de piedras vivas, de los tesoros de las naciones, a saber, de seres humanos redimidos por la sangre de Cristo, es una revelación del propósito de Dios desde Génesis hasta Apocalipsis, desde el comienza del tiempo hasta el fin, y desde la eternidad. Dios había planeado desde hacia siempre que haría una esposa para su Hijo de los seres humanos redimidos. Para eso vino Jesús al mundo, para conquistar y ganarse el amor de una esposa (Ez. 16). Pagó el precio de la dote con su sangre.
Esta novia es la Iglesia, y la Iglesia es la Casa de Dios hecha de piedras vivas, una morada eterna para Dios, la desposada. La esposa del Cordero es la ciudad santa de Jerusalén (Ap. 21:9, 10) llena de la gloria de Dios (Hageo 2:9), sin templo, porque allí no hay templo, “porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero” (Ap. 21:22). Él vive en medio de sus redimidos: “las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella” (Ap. 21:24). Ellos serán las piedras vivas en el “templo” que no está, porque la ciudad sirve de Templo, y todo es Templo, porque Dios lo llena de todo en todo. “Y la gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar” (Hageo 2:9). Esta paz es la perfecta paz de Dios que significa completa satisfacción, porque estaremos con el Señor para siempre.
Los profetas lo vieron todo, aunque no lo entendieron de todo. Los judíos que habían vuelto de la cautividad escucharon el mensaje de Hageo con su fuerte incentivo a trabajar. Dios les había echado una de cal y una de arena. Por un lado sabían que si no trabajan en la obra de la reedificación de Su Templo iban a seguir con sequía y hambre y escasez. Al contrario si obedecían a Dios, tendrían prosperidad: “¿No está aún la simiente en el granero? Ni la vid, ni la higuera, ni el granado, ni el árbol de olivo ha florecido todavía; mas desde este día os bendeciré” (Hageo 2:10-19). Por otro lado, sabían que Dios les había llamado a trabajar en Su proyecto, la construcción de una Casa para Él cuya gloria sería mayor que la gloria del Templo de Salomón. ¡Y tanto!, como la gloria de Cristo es mayor que la gloria de Zorobabel. No obstante Zorobabel era símbolo de Cristo (a esto llegaremos), y el Templo que ellos estaban construyendo era símbolo del Templo que Cristo está edificando que un Día será lleno de la gloria de Dios como lo es su morada en los cielos de los cielos.
Así que estos desanimados judíos cobraron ánimo con las palabras del profeta y volvieron a trabajar mezclando mortero y poniendo pesada piedra sobre pesada piedra, un trabajo arduo, pero vislumbrando una gloria posterior que superaba los poderes de su imaginación. Dios estaba con ellos y ellos estaban edificando para su reino.