LA DISCIPLINA DE DIOS

“Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos. Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dichos Jehová. Buscáis muchos, y halláis poco; y encerráis en casa, y yo lo disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice Jehová de los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa. Por esto se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra detuvo sus frutos. Y llamé la sequía sobre esta tierra” (Hageo 1:7-11).
Dios estaba disciplinando a su pueblo. Esta disciplina tomó la forma de malas cosechas, insuficiente para comer, frío, pobreza (v. 6), sequía, escasez y falta de alimentos básicos (v. 10, 11). Cuando estamos siendo disciplinados, primero: tenemos que darnos cuenta de que, efectivamente, esto que nos está pasando es la disciplina de Dios. No es casualidad, ni “así es la vida”, sino la mano de Dios. Cuando todo sale mal, ¿qué tenemos que hacer? Segundo: “Meditad bien sobre vuestros caminos” (v. 5, 7). Tenemos que examinar nuestra vida, a ver si estamos haciendo algo mal o si no estamos haciendo algo que deberíamos de esta haciendo. El caso de Israel fue lo segundo. No estaban trabajando en la obra de la Casa de Dios.
Tercero: Debemos preguntar a Dios en qué estamos fallando. Necesitamos una palabra de parte de Dios que nos aclare la situación. Estos hermanos nuestros ignoraban por qué lo pasaban tan mal. Ningún buen padre de familia entra en la habitación donde su hijo está jugando tranquilamente, le pega un azote, da media vuelta y sale, sin hablar con él y explicarle por qué está siendo disciplinado. Si esto ocurriese, el hijo estaría traumatizado. No sabría por qué el padre le pega. Pensaría que su padre es mala persona o que él mismo no vale nada, o que su padre no le ama. Sentiría rechazo y resentimiento contra su padre. Tal disciplina no serviría para ningún bien, al contrario, para mucho mal. “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Heb. 12:5, 6). Es esencial saber por qué estamos siendo disciplinados para poder arrepentirnos y rectificar. Dios explicó los motivos a su pueblo (v. 2). Están diciendo que no es tiempo para construir la casa de Dios. Han de cambiar de actitud, y darse cuenta de que sí que lo es.
Cuarto: Preguntar qué tenemos que hacer que no estamos haciendo. Dios se lo dice con toda claridad. Explica dónde está el fallo y cómo tienen que cambiar (v. 8). Cuando pensamos que es posible que Dios nos esté disciplinando, hemos de hacer estas cuatro cosas. Hemos de prepararnos para escuchar la voz del Señor, buscar respuestas en su Palabra, preguntar a amigos honestos y espirituales, consultar con nuestro pastor. En el caso de Jesús, él no tuvo pecado, pero fue “perfeccionado por aflicciones” (Heb. 2:10). Puede que no hayamos fallado, que Dios esté usando nuestros aflicciones solamente para perfeccionarnos, o puede ser que sí, que hay cosas que tenemos que cambiar. En todo caso, el Señor nos lo hará saber. Lo hizo con los judíos que habían vuelto de la cautividad. Ellos respondieron enseguida y se pusieron manos a la obra, y Dios les dio una promesa preciosa: “Yo estoy con vosotros, dice Jehová” (v. 12).
Hemos visto que Dios mandó su Palabra (1:1); Dios despertó el espíritu de los líderes, y del pueblo (v. 14); el pueblo respondió obedeciendo. Este es el quinto paso para nosotros: obedecer.