¿QUÉ PASÓ DESPUÉS DE DANIEL?

“Y continuó Daniel hasta el año primero del rey Ciro” (Daniel 1:21).
Dejamos a Daniel un hombre muy mayor esperando el día cuando los cautivos iban a volver a Israel. Humanamente hablando, las posibilidades eran nulas. Habían sido dispersados por muchos países por el imperio babilónico con una mayor concentración en Babilonia misma. ¿Qué induciría a un emperador a dejar ir los pueblos conquistados a sus países de origen? Ya habían pasado tres generaciones en Babilonia. Muchos ya se consideraban de allí. ¿Querrían volver a un país desconocido para levantar ciudades de los escombros? ¿Y qué de los otros pueblos que habían sido traslados y establecidos en la tierra? Seguramente no iban a ceder la propiedad a sus dueños originales. Pero Dios había dado su palabra que eso iba a suceder: “Y servirán estas naciones al rey de Babilonia setenta años… Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré; y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar, porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 25:11; 29:10,11).
¡La vida de fe es tremenda! Tienes que creer que Dios va a hacer lo imposible tan solo porque Él lo ha prometido. ¿Qué pasó? Isaías ya había profetizado lo que iba a pasar. Era tan extraordinario que constó por escrito lo que iba a ocurrir casi doscientos años antes de que ocurriera para no dejar lugar a duda de que efectivamente esta era la mano de Dios, profetizada y llevada a cabo. ¡Dios tocó el corazón del emperador para dejarlos ir tal como Isaías había profetizado! “Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar naciones delante del él y desatar lomos de reyes; para abrir delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán: Yo iré delante de ti , y enderezaré los lugares torcidos; quebrantaré puertas de bronce, y cerrojos de hierro haré pedazos; y te daré los tesoros escondidos, y los secretos muy guardados, para que sepas que yo soy Jehová, el Dios de Israel, que te pongo nombre. Por amor de mi siervo Jacob, y de Israel mi escogido, te llamé por tu nombre; te puso sobrenombre, aunque no me conociste. Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo” (Is. 45:1.6). Es para llorar en adoración a Dios de la impresión tan fuerte que nos hace esta profecía. Dios escogió al emperador Ciro y profetizó, ¡dando su nombre!, que este hombre dejaría que los cautivos volvieran a Israel.
Por tanto, leemos en Esdras 1:1: “En el primer año de Ciro rey de Persia, para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito por todo su reino, diciendo…”, y sigue el edicto dando permiso a los israelitas a volver a su tierra. ¡Nuestro Dios es un Dios de lo imposible!
“Y continuó Daniel hasta el año primero del rey Ciro” (Daniel 1:21). ¡Daniel todavía estaba vivo cuando el edicto se promulgó! Me encantaría haber oído la oración de Daniel cuando escuchó la lectura del edicto. ¿Se desharía en alabanza a Dios dando saltos de alegría? ¿O se postraría con su rostro en tierra en silencio delante de la grandeza de su Majestad?