RESUMEN DE LA LARGA VIDA DE DANIEL

“Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Daniel 12:3)
De adolescente, Daniel fue llevado cautivo a Babilonia como preso de guerra y matriculado en la universidad con jóvenes selectos de la aristocracia de otros países conquistados por los caldeos para aprender el idioma, la historia, literatura, política, ciencia y cultura de Babilonia. Allí experimentó inmersión total en su cultura, pero nunca perdió su identidad como creyente, o su fe profunda en el Dios de Israel. Muchos hijos de hogares cristianos pierden su fe en universidades ateas con su nueva libertad lejos de sus padres en la compañía de amigos mundanos; pero Daniel, no. Daniel pudo encajar su sufrimiento sin perder su fe en Dios. Entendió que la derrota de Israel no fue debido a la inhabilidad de Dios para salvar a su pueblo, sino al pecado de Israel y al castigo de Dios. Aceptó la muerte de amigos y familia y su propia deportación y cautividad como parte de la obra de Dios para restaurar el orden.
Daniel resistió la tentación de salvar su propia vida negando a su Dios. Resistió la tentación de buscar fama mundana, poder y prestigio. Su corazón estaba puesto en Jerusalén de donde vendría Él de quien hablaban los profetas. Amaba la derrotada y destruida Jerusalén más que la impresionante, atractiva y moderna Babilonia; no había nada que le podría inducir a buscar riquezas mundanas o prestigio en este mundo, porque buscaba un reino eterno que implantaría Dios. Vio imperios levantarse y caer; estaba consciente de su naturaleza temporal y que Dios estaba en control de su alcance y duración. Dios ponía reyes y los quitaba, tal como él había visto. Sabía que el Dios que podía profetizar el surgir de un imperio y su desaparición podía traer el Reino eterno de justicia que Él había prometido. También resistió la tentación de creer que Dios haría tal como había prometido sin que él orase. Oraba confiando en las promesas de Dios.
También resistió la tentación de confiar en milagros o dejar que la experiencia extraordinario de su liberación del foso de los leones le subiese a la cabeza. Permaneció humildemente dependiente en Dios. Cuanto más experimentaba el poder sin límites de Dios, tanto más humilde y respetuoso llegó a ser. La suya no fue una religión de jactarse de milagros y poder, de contar historias ostentosas, sino de caminar en humildad con su Dios. Daniel es un hombre que nos hace sentir pecaminosos. Hay pocos hombres como él: valiente, honesto, fiel, leal, respetuoso, constante, diligente y humilde. Podía decir la terrible verdad a un emperador, confrontarle con su orgullo y decirle que le venía el juicio de Dios, sin temer la muerte, porque temía más a Dios.
Al final de su larga vida todavía tenía preguntas sin contestar y buscaba las respuestas en ayuno y oración. Dios le contestó de dos maneras: le dijo cuánto le amaba y le reveló que al final todo terminaría bien, pero que estas cosas quedaban para un futuro lejano, que prosiguiese él su camino. Al final estaría en su lugar asignado; brillaría como el firmamento y como las estrellas eternamente, porque sabiamente había encaminado a muchos a la justicia. Es como si Dios le estuviese acostando, tiernamente, como una madre a su bebé por la noche. Se despertaría por la mañana a la vida eterna en la nueva Jerusalén, ahora no esforzando la vista en aquella dirección de su ventana abierta, creyéndolo por fe, sino realmente caminando en sus calles de oro en la compañía de aquel que había estado con él en el foso de los leones, aquel que le había tocado cariñosamente y fortalecido al lado del río Tigris. Estaría en Casa por fin.