UN MENSAJE DE ÁNIMO

“En el mes séptimo, a los veintiún días del mes, vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo, diciendo” (Hageo 2:1).
Estamos siguiendo la trayectoria de los judíos que volvieron de la cautividad. Pusieron los fundamentos del Templo con gran gozo, pero la obra fue parada por los oficiales del país, y esto durante 16 años, hasta que vino palabra de Dios por medio de Hageo mandándoles a reiniciar la obra a pesar de no tener los permisos legales. Dos meses más tarde vino otro mensaje de parte del Señor a su pueblo: “¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto está casa en su gloria primera, y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?” (Hageo 2:3). Comparando el templo que ellos estaban construyendo con el de Salomón, quedaba muy pobre. Por esto les mandó a decir: “Pues ahora, Zorobabel, esfuérzate, dice Jehová; esfuérzate también, Josué y cobrad ánimo, pueblo todo de la tierra, dice Jehová, y trabajad; porque yo estoy con vosotros, dice Jehová de los ejércitos” (v. 4). Es la segunda vez que les asegura que Él está con ellos. Dice: “Mi Espíritu estará en medio de vosotros, no temáis” (v. 5). Tenían motivos para temer. Podrían tener importantes problemas con el gobierno babilónico por reanudar la obra sin los permisos, pero Dios dice que Él está con ellos. Dios gobierna los gobiernos. “De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca” (v. 6). Esta es la manera profética de decir que Dios va a trastornar los gobiernos de este mundo con enormes cambios como, por ejemplo, cuando se cayó el telón de acero o cuando se dividió la Unión Soviético.
Lo que sigue es una profecía maravillosa, impresionante: “Haré temblar a todas las naciones: vendrán entonces los tesoros de todas las naciones, y yo llenaré de gloria esta casa, dice el Señor de los ejércitos… La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, dice el Señor de los ejércitos, y en este lugar daré paz, declara el Señor de los ejércitos” (v. 7, 9, LBLA). Como ocurre en muchas profecías, el profeta ha pegado un gran salto desde el presente hasta el final de la historia. Está hablando el Gran Día del Señor cuando Dios hará temblar los cielos y la tierra (2 Pedro 3:12, 13). En esta día la Casa de Dios estará terminada, la Casa del cual el Señor Jesús es la piedra del ángulo y también la última piedra, la piedra principal, pues Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Esta es la Casa de Dios, la Iglesia que el Señor Jesús está construyendo, compuesta de piedras vivas (1 Pedro 2:4-7), de gente salva de todas las naciones. Ellos son “los tesoros de todas las naciones”, no plata y oro (v. 8), sino seres humanos redimidos, de un valor que excede el de las piedras preciosas. ¿Cómo se puede comparar el valor de un ser humano redimido por la sangre de Cristo con el de piedras preciosas, aunque sean diamantes? El valor de un alma excede el de todo el oro y la plata del mundo. ¿Y qué de la piedra del ángulo? ¿Cuánto vale Él? Claro que la gloria postrera de la Casa de Dios va a superar infinitamente la del templo de Salomón. Es la morada eterna de Dios en medio de su pueblo redimido.
Dios miraba a la casa humilde que Zorobabel, Jesúa y su pueblo estaban construyendo y vio más allá, hasta el final de la historia, cuando Su Casa, su familia, estaría completada, y pensó en todos los que serán redimidos por la sangre de su Hijo, y vio tanta gloria que se emocionó. Su sueño, sus designios eternos, se habrían llevados a cabo, y estaba contento. La casa que construían estos judíos era un pequeño anticipo, y por ello, Dios lo encontró hermoso.