UNA LARGA PRUEBA DE FE

“Entonces cesó la obra de la casa de Dios que estaba en Jerusalén, y quedó suspendida hasta el año segundo del reinado de Darío rey de Persia” (Esd. 4:24).
La obra de la casa de Dios fue parada durante 16 años. Claro, al principio no sabían cuánto tiempo iba a durar. Nosotros tampoco cuando comienza un periodo de prueba en nuestras vidas. Una cosa es pasar un mal momento y otra cosa muy diferente es pasar la misma prueba año tras año tras año. Al principio, a lo mejor, ni lo identificamos como prueba. Solo sabemos que algo terrible ha pasado. Estamos como en estado de shock. No contábamos con ello. No podemos creer que haya ocurrido. Vino sin previo aviso. Nos quedamos aturdidos. ¿Cómo es posible? El diablo ha triunfado. Esto parece. No vemos a Dios por ninguna parte. Parece que se ha retirado. Surgen una serie de dudas: ¿Me equivoqué en cuanto a la voluntad de Dios? ¿Hice mal en meterme en esto? ¿He pecado? No comprendo en qué, pero parece que sí, o Dios contestaría mis oraciones. ¿Le he ofendido? ¿Me está castigando? ¿Me lo merezco? ¿Me ha rechazado? ¿Qué hago ahora? ¿Cómo se sale de esto? Parece que mi vida no vale nada, que no voy a cumplir el propósito de Dios para mí, que estoy malgastando el tiempo. ¿Y para qué Dios me escucharía a mí? ¿Quién soy yo de todas formas? No soy digno de su atención. Él está en otras cosas, no en este proyecto mío. He sido un soñador. La visión la inventé yo. No vendrá a nada. Voy a morir y se quedará sin realizar. Dios no está en ello.
Esta es una prueba de fe. Las dudas parecen fundadas. Detrás está el enemigo de nuestra alma susurrando estos pensamientos. La única arma contra él es la Palabra de Dios (Ef. 6:17), y esta es la arma que Dios sacó para defender a los desanimados judíos que habían venido de la cautividad con toda la ilusión del mundo para reedificar el Templo. Envió su palabra por medio de los profetas (Esd. 5:1-2).
Estos desanimados judíos podrían haber pensado: ¿Para qué hemos vuelto? ¿Para no hacer nada? ¿No estábamos mejor en Babilonia? Allí teníamos comida en abundancia, casas cómodas, nuestras amistades… La vida era fácil. Aquí a duras penas subsistimos. Parece que Dios nos ha abandonado. Hemos pecado tanto que nos ha dejado definitivamente. Nos dejó cuando el Templo fue destruido y no vuelve. Nunca más. Aquí estamos indefensos y nuestros enemigos han conseguido derrotarnos. Se burlan de nosotros y se alegran de que no podemos edificar el Templo. Han triunfado. ¿Y qué pasa con Zorobabel y Jesúa? ¿Por qué no hacen nada? Nos prometieron que íbamos a construir el Templo. Por eso volvimos. Solo hemos puesto los fundamentos, un triste recuerdo de un buen comienzo que no vino a nada. Quizás nuestro sueño fuera demasiado grande. ¿Qué podemos hacer? Olvidar el Templo y dedicarnos a nuestra vida, a nuestras casas, familias y trabajos, el ganado y el cultivo. Yo creía que Dios estaba con nosotros. Soy muy mayor. Ya llevamos más de 15 años sin poner piedra sobre piedra. No puedo vivir muchos años más. “Oh Dios, acuérdate de nosotros”.
La respuesta de Dios era enviar su Palabra: “Profetizaron Hageo y Zacarías a los judíos que estaban en Judá y en Jerusalén en el nombre del Dios de Israel quien estaba con ellos. Entonces se levantaron Zorobabel y Jesús y comenzaron a reedificar” (Esd. 5:1, 2). Así funciona la prueba de larga duración, y así la resistimos, y así Dios la lleva a su final. ¿La conoces?