UNA OFRENDA DE GRATITUD

“Y algunos de los jefes de casas paternas, cuando vinieron a la casa de Jehová que estaba en Jerusalén, hicieron ofrendas voluntarias para la casa de Dios, para reedificarla en su sitio. Según sus fuerzas dieron al tesorero de la obra sesenta y un mil dracmas de oro, cinto mil libras de plata, y cien túnicas sacerdotales” (Esd. 2:68, 69).
El ejemplo de estos hombres es impresionante. Además de dejarlo todo, sacrificando un futuro seguro en la próspera Babilonia, dieron dinero para la construcción del Templo. No solo iban a trabajar en su reedificación, ¡ofrendaron para sufragar los gastos de construcción! Abandonaron todo, vinieron, dieron dinero y trabajaron. ¡No podían hacer demasiado para Dios!
Si sacrificamos nuestras vidas, ¿no es suficiente? ¿Hemos de dar nuestro dinero también? No tenemos que dar nada si no queremos. La suya fue una ofrenda voluntaria. Si no sale de un corazón rebosando de gratitud al Señor, mejor no dar nada. Si pensamos: “Yo soy el pastor, son los demás los que tienen que dar”, o “Soy el misionero”, o “Ya sirvo en la escuela dominical. Esta es mi ofrenda. Con esto es suficiente”, mostramos tener la actitud fría de haber cumplido con nuestra obligación por medio de nuestro ministerio. Podemos ser generosos o tacaños, esto depende del estado de nuestro corazón. Si sentimos gratitud hacia Dios, daremos más de lo que podamos de un corazón rebosando de amor para Él.
Estos cabezas de familia eran un ejemplo de dedicación para toda la familia. Es más, lo que dieron lo hacían en representación de sus familias. Esto es hermoso. Para ellos tiene que haber sido como un sueño estar en la tierra de sus padres y abuelos, ahora su tierra. Tienen motivos de gratitud. Dios los había preservado y aun multiplicado allí en Babilonia. Dios había hecho posible su retorno después de 70 años, tal como el profeta Jeremías había dicho. Dios había permitido que ellos en concreto pudieran formar parte del número de los que volvieron. Sus hermanos que habían quedado en Babilonia les habían ayudado económicamente. Dios les había guardado en el largo y dificultoso trayecto por el desierto, un viaje peligroso de varios meses. Habían superado las dificultades y habían llegado con bien, y estaban sumamente agradecidos.
También estaban agradecidos porque tenían la oportunidad de participar en el proyecto de Dios, en algo mucho más grande que ellos mismos, proyecto que iba a requerir todas sus fuerzas y energías durante el resto de sus vidas. Verían la mano de Dios obrando de maneras insospechadas para hacerlo posible. Ya habían visto evidencia de ello. El resultado lo tenían garantizado. Su realización significaría un paso más en el desarrollo del plan de Dios para la humanidad que había revelado al profeta Daniel. Estaban ilusionados y estaban a la altura del desafío de reconstrucción que tenían por delante. Y, de un corazón sumamente agradecido y lleno de fe, ofrendaron para hacer posible la obra que iban a llevar a cabo con sus propias manos y la bendición de Dios.