YO NECESITO LA AYUDA DE DIOS

“Y colocaron el altar en su lugar, porque tenían miedo de los pueblos de las tierra, y ofrecieron sobre él holocaustos a Jehová… por la mañana y por la tarde” (Esd. 3:3).
Los judíos que habían vuelto de la cautividad empezaron el trabajo de reconstrucción del Templo. Lo primero que hicieron fue poner el altar en su lugar, porque si iban a sobrevivir necesitaban la ayuda de Dios, pues eran pocos en número y estaban rodeados de enemigos, los otros habitantes de la tierra.
En otra ocasión hemos explicado la política de los babilonios de trasladar los pueblos conquistados a otros países conquistados, dispersando las poblaciones para evitar sublevaciones. Así que en Israel vivían gentes de muchos otros países. Adoraban a Jehová, el Dios de la tierra, según su mentalidad, además de sus dioses propios. Ellos no estaban contentos que los judíos habían vuelto a su tierra. Llevaban décadas viviendo en la tierra de Israel y ya la consideraban propia. Esto daba lugar a tensiones entre los habitantes originales y estas otras nacionalidades que también vivían en Israel. Éstos se habían casado con los judíos que no fueron a la cautividad dando lugar a una raza que posteriormente se llamaba los samaritanos. Esto nos tiene mucho que enseñarnos acerca del matrimonio mixto, creyente con inconverso, que normalmente termina siendo enemigo del pueblo de Dios. Sus hijos raras veces se convierten y normalmente la parte creyente a duras penas logra vivir como tal.
Pues sí, los que habían vuelto de la cautividad tenían enemigos y necesitaban la ayuda de Dios. No podemos pretender conseguir su ayuda si estamos viviendo en desobediencia a su ley. Lo primero que tenemos que hacer si queremos que Dios nos ayude en nuestras dificultades es reconstruir el altar, es decir, confesar nuestro pecado y ponernos a obedecer al Señor en todo lo que sabemos que pide de nosotros. Estos judíos volvieron a ofrecer los sacrificios de la mañana y de la tarde y volvieron a celebrar las fiestas: la fiesta de tabernáculos, “el holocausto continuo, las nuevas lunas, y todas las fiestas solemnes de Jehová, y todo sacrificio espontáneo, toda ofrenda voluntaria a Jehová, pero los cimientos del templo no se habían echado todavía” (v. 5, 6). Pagaron los albañiles y carpinteros y buscaron materiales, conforme a la autorización de Ciro rey de Persia y, en el segundo año después de volver, comenzaron la obra.
“Jesúa también, sus hijos y sus hermanos, Cadmiel y sus hijos, hijos de de Judá, como un solo hombre asistían para activar a los que hacían la obra” (v. 9). ¡Padres e hijos trabajando juntos, familias enteras en la obra de Dios! ¡Hermoso! Cuando terminaron de echar los cimientos lo celebraron con mucha emoción, los sacerdotes con sus vestimentos y los Levitas con címbalos, “para que alabasen a Dios según la ordenanza de David, rey de Israel” (v. 10). (Cuando uno quiere avanzar en la obra de Dios tiene que volver a los caminos antiguos, porque en ellos está la voluntad de Dios). La emoción del pueblo fue grande. Los jóvenes gritaban de alegría y los mayores que habían conocido el Templo de Salomón lloraron. “Clamaba el pueblo con gran júbilo, y se oía el ruido hasta de lejos” (v. 13). El enemigo tomó nota que los judíos habían hecho un buen comienzo a la obra de Dios y empezó con planes para interferir. El conflicto estaba servido. Así es en la obra de Dios, a la medida que avanzamos, las tensiones se intensifican. ¿Estamos preparados para ello? ¿Está el altar en su lugar en tu vida? Una respuesta afirmativa significa victoria segura. Vencemos por medio de la sangre del Cordero.