ALABAD Y CANTAD

“Alabad a Jehová, porque es bueno cantar salmos a nuestro Dios” (Salmo 147:1).
Este salmo está divido en tres párrafos: el primero habla de alabar al Señor y cantarle; el segundo habla de cantarle; y el tercero de alabarle. Estamos meditando en unos salmos que hablan de la alabanza con el ánimo de incorporar el hábito de alabar a Dios como una parte importante de nuestras oraciones normales que hacemos en casa. Dios dice que “suave y hermosa es la alabanza”. Él lo percibe así. Queremos mandarle algo hermoso y suave de nuestra parte. Además suaviza y hermosea nuestro día cuando vivimos en un ámbito de alabanza a Dios. Es como una nube suave y hermosa que nos rodea aportando dulzura a nuestro entorno, trayendo algo del ambiente del cielo a lo que de otra manera sería un mundo duro y poco atractivo.
Vamos, pues, al primer párrafo. Alabad, cantad. “Alabad y Jehová, porque es bueno cantar salmos a nuestro Dios” (v.1). Alabemos al Señor porque edifica Jerusalén y reincorpora en su comunión a los desterrados (v. 2), a los desplazados o extraviados, de los cuales conocemos a muchos. Él sana a los “quebrantados de corazón y venda sus heridos” (v. 3). ¡Alabado sea! Alabémosle porque conoce todas las estrellas del universo por nombre; “su entendimiento es infinito” (v. 4, 5). Dios es grande, sabe exaltar a los humildes y humillar a los orgullosos (v. 6).
Párrafo dos: Cantad, cantad. “Cantad a Jehová con alabanza, cantad con arpa a nuestro Dios” (v, 7). Cantemos a Dios porque hace productiva la tierra, mantiene a los animales, y, en cuanto a los hombres, su deleite no está en la fuerza física del hombre, sino en su dependencia de Él: “Se complace Jehová en los que le temen, en los que esperan en su misericordia” (v. 7-11).
Párrafo tres: Alaba, alaba. “Alaba a Jehová, Jerusalén; alaba a tu Dios, oh Sion” (v.12), porque dentro de sus murallas hay seguridad (v. 13), paz y prosperidad (v. 14). El salmo termina hablando de la Palabra de Dios y lo que dice de ella nos llama la atención: “Envía su palabra a la tierra; velozmente corre la palabra” (v. 15). La Palabra de Dios está viva y recorre la tierra. La nieve, la escarcha y el hielo forman parte de la naturaleza. ¿Quién puede resistir su frío? Nadie, pero la Palabra de Dios derrite el hielo y su viento sopla y convierte el hielo en ríos. La Palabra de Dios puede derretir un corazón de hielo y su Espíritu puede darle el soplo de vida para que de este corazón duro ya derretido fluyan ríos de agua viva, “y fluirán las aguas” (v. 18). La Palabra y el Espíritu trabajan juntos para dar vida. Y es la Palabra la que trae justicia a la tierra. Afortunada es el pueblo de Israel entre las naciones porque ha sido gobernado por la Palabra de Dios: “Ha manifestado sus palabras a Jacob. No ha hecho así con ninguna otra de las naciones” (19, 20). La Palabra trae conversión y justicia a la tierra.
Como creyentes nuestra bendita esperanza es la de vivir en esta nueva Jerusalén donde va a haber justicia, seguridad, paz y prosperidad bajo el gobierno de la Palabra de Dios. Mientras tanto, nuestra esperanza está en la eficacia de la Palabra para derretir corazones de hielo, para que estas personas a las que amamos también puedan formar parte del reino de justicia de Dios. “Aleluya” (v. 20).