BENDITO ES

“Casa de Israel, bendecid a Jehová; casa de Aarón, bendecid a Jehová; casa de Leví, bendecid a Jehová; los que teméis a Jehová, bendecid a Jehová” (Salmo 135:19, 20).
Este salmo está repleto de exhortaciones a alabar a Dios. “Alabad el nombre de Jehová; alabadle, siervos de Jehová; los que estáis en la casa de Jehová, en los atrios de la casa de nuestro Dios” (v. 1, 2). Estos “siervos” son los sacerdotes y levitas. Los levitas estaban encargados de la música. Tenemos este encargo, nosotros, de alabar al Señor cantándole alabanzas en nuestro corazón y audiblemente en nuestras casas, desde su santo templo, que es nuestro cuerpo. En este ambiente debemos movernos. Convierte la vida en un cántico de alabanza para Él.
Alabadle por Él es bueno, es benigno, y porque nos ha escogido para sí, por posesión suya (v. 3, 4), porque Él es grande, mayor que todos los dioses, que son demonios de todas maneras (v. 5). “Todo lo que Jehová quiere, lo hace” (v. 6). No hay fuerza del infierno que lo pueda impedir. Vientos y el mar lo obedecen (v. 7).
Luego sigue una sección que habla de sus juicios contra Egipto y las naciones de Canaán (v. 8-12). Pensamos que esto no tiene nada que ver con la alabanza, pero tiene todo que ver, porque Dios libró a su pueblo de la esclavitud enjuiciando a sus opresores por la injusticia cometido contra Israel durante tantos siglos. Y los hizo entrar en la tierra prometida ejecutando juicio contra los moradores de la tierra por las aberraciones que ellos cometían. Esto significó la liberación de Israel y su entrada en la herencia prometida de acuerdo con su inmensa misericordia. Nosotros tenemos el mismo motivo de alabanza: Dios nos ha sacado de nuestro Egipto y por su gracia entraremos en la eterna Tierra Prometida. Hará justicia con nuestros enemigos y con el enemigo de nuestra alma. Alabémosle por su justicia.
“¡Oh, Jehová, eterno es tu Nombre!” Alabémosle por su eternidad. Sigue inmutable generación tras generación. “Ciertamente Jehová hará justicia a su pueblo, y se compadecerá a sus siervos” (v. 13, 14), de nosotros, hoy.
Dios no es como los ídolos que no hablan, ni ven ni oyen, sino todo lo contrario. Le alabamos porque nos ve, nos escucha y nos habla. Es comunicativo, comprensivo, y atento a nuestro clamor. Ve cómo estamos y nos habla para recordarnos que está presente (v. 15-17). “Semejantes a [los ídolos] son los que los hacen, y todos los que en ellos confían” (v. 18). Los que tienen una imagen por su dios, son ciegos, sordos y mudos. Nosotros, en cambio, somos como nuestro Dios, vemos las cosas, somos atentos, comprensivos, y comunicativos. Dios nos ha abierto nuestro oído y ha soltado nuestra lengua y nos ha dado visión espiritual para verle, comunicarnos con Él y bendecir su Nombre, y para usar estas facultades para bendecir a nuestros hermanos. Hagámoslo: “Desde Sion sea bendecido Jehová, quien mora en Jerusalén. Aleluya” (v. 21).
Desde el fondo de mi alma, brota un canto agradecido, de adoración y alabanza a aquel que lo es todo para mí.
Bendito es. Bendito y alabado es. Bendito es. Amén.